No al asesinato de Sadam Huseín
© Juan Fernando Sánchez Peñas [juanfernadosanchez@laexcepcion.com] (17 de abril de 2003)

Desde mucho antes de la presente invasión de Irak, se viene proclamando con excesiva alegría que hay que “acabar con Sadam”. Por lo general, esa frase implica algo más que derrocarlo…

El régimen tiránico de Sadam Huseín ya ha sido derrocado por las fuerzas invasoras. Pero éstas, según su principal comandante en jefe, George W. Bush, no se proponían sólo eso, sino también aprehender o matar al propio Sadam. Sin embargo, a estas alturas no hay constancia de que el ex dictador iraquí haya sido capturado, ni de que haya fallecido en alguno de los numerosos bombardeos que han costado la vida a miles de iraquíes. Sucedió lo mismo en la invasión de Afganistán emprendida hace año y medio: ni el líder terrorista Bin Laden ni el mulá Omar fueron capturados, y no consta que hayan muerto; tanto allí como en Irak lo único cierto es que, con el supuesto propósito de “acabar con” tales personajes, se ha segado la vida de muchos seres humanos a quienes, se nos dice, las fuerzas invasoras pretendían liberar de sujetos tan poco recomendables.

Tomado Bagdad, los jerarcas militares norteamericanos distribuyeron entre sus tropas una baraja con las fotos de más de cincuenta dirigentes del extinto régimen iraquí. La elección de ese macabro sistema, anunciada con regocijo por un alto jefe del ejército norteamericano, recordaba el más puro estilo de las amenazas mafiosas. El as de picas correspondía a Sadam Huseín. Por ese procedimiento, además de facilitar su identificación, se simbolizaba la obligación de los soldados de capturar a los retratados “vivos o muertos”, evocando así también la violencia del Far West. No se trataba en este caso, como se ha dicho, de una licencia para matar, que dichos soldados ya tenían de antemano en cuanto tales, y por estar en misión de guerra, sino de un método para urgirles a asesinar, o en el mejor de los casos a detener, a una serie de personas.

Frente a esta decisión, marcada por tan terrible propósito, son pocos los que han hecho oír su protesta. El asentimiento o la indiferencia hacia un presunto destino “lógico” e incluso “justo” y “razonable” son las notas dominantes. La inmensa mayoría de los periodistas, políticos, e incluso activistas contra la guerra callan o dan su aprobación, más o menos explícita, a la posible eliminación física de Sadam y los suyos. Muy pocas entre las más preclaras mentes, a despecho de su elevada cultura occidental y de su refinada sensibilidad, han dejado escuchar su voz frente a este atropello.

¿Es que no se dan cuenta de que semejante eliminación física equivale a la ejecución de una pena de muerte sin un juicio previo con garantías? No parece, al menos, que esta percepción haga la menor mella en sus ánimos, ni siquiera en el ámbito europeo, donde la gran mayoría de los que callan o aprueban se declaran, más o menos expresamente, contrarios a la máxima pena. Ahora bien, lo lógico sería que incluso los partidarios de la pena de muerte a la occidental (por ejemplo, en Estados Unidos) se pronunciasen en contra de esta salvajada.


Dignidad humana

No se trata de negar que Sadam sea un tirano, ni que el suyo fuera un régimen abyecto. Se trata de plantearse si, pese a ello, puede merecer semejante destino. Los tiranos, por el hecho de serlo, ¿pierden su dignidad humana? En otras palabras, ¿dejan de merecer el trato que, según se suele aceptar, merece el común de los seres humanos? Se puede responder afirmativa o negativamente. Pero téngase en cuenta que, si se hace en el segundo sentido, tal vez se les esté reduciendo a una condición infrahumana (¿animal?).

La abrumadora propaganda norteamericana ha conseguido instalar en las mentes de la mayoría de los habitantes de este planeta, y en particular de los occidentales, la idea de que Sadam Huseín no tiene derecho a la vida. Mezclando verdades y mentiras, se ha sostenido esa idea a base de reiterar su calidad de tirano sanguinario, de exagerar la peligrosidad de su armamento, y de inventarse sus conexiones con Bin Laden. Además, el simplismo bipolar ha venido en ayuda de esa falacia, dejando bajo sospecha de complicidad con el sátrapa a todo aquél que osase decir una palabra en su favor, aunque sólo fuera en defensa de su vida y de su dignidad. Es así como se fomenta la moral de linchamiento.

Hace falta tener un espíritu muy agudamente crítico, o unos principios éticos suficientemente claros, además de ciertas dosis de valor personal, para no dejarse llevar por esa propaganda capciosa, diseñada con el propósito de reducir a un hombre y a su clan a la condición de “homínidos” viles y despreciables, cuya muerte a (casi) nadie importaría, porque en (casi) nadie despertaría sentimientos de pena. Se reduce así el asunto, como es típico de la propaganda, a una cuestión de sentimientos.

Es posible que a mí no me dé (excesiva) pena que Sadam y los suyos mueran, o que sean maltratados. Pero el problema no es ése. El problema es el de la justicia, los derechos humanos, los valores morales, el respeto a las declaraciones internacionales, la tradición democrática implantada a costa de tantos sacrificios, la consideración del otro como otro yo sea cual sea su grado de bondad o de maldad, y el mundo que podemos llegar a edificar con planteamientos como el que aquí condenamos.


Los motivos y los verdugos

No nos engañemos: Que Sadam sea un tirano no es la razón por la que sus verdugos (los verdugos, también, de tantos iraquíes inocentes…) quieran “acabar con él”. También era un tirano cuando en 1988, según la mayoría de los indicios disponibles, exterminó a millares de kurdos con la aquiescencia y las armas químicas occidentales. Entonces sus actuales verdugos no hablaban de “acabar con él”.

No, la verdadera razón de que quieran tratar a Sadam (de que ya lo vengan haciendo, de hecho) al margen de toda ley jurídica y moral, no es que sea un tirano, sino que, por razones que ahora no hacen al caso, en un momento dado se convirtió en un obstáculo para sus intereses. Por esa exclusiva razón lo han derrocado, llevándose por delante a decenas de miles de iraquíes civiles y militares, y por esa exclusiva razón le han asignado el as de picas en la siniestra baraja.

Para lo que nos preocupa aquí, es indiferente que, a la postre, quieran o no realmente matarlo; sabemos que existe la posibilidad, como en el caso de Bin Laden, de que pueda serles más útil “en paradero desconocido”; incluso la sorprendente toma relámpago de Bagdad, sin soldados iraquíes que la defendiesen (¿dónde estaban?) abona la idea de algún oscuro pacto de rendición (tan sólo un día antes las televisiones nos habían mostrado al ministro de Información iraquí junto al Hotel Palestina, no muchas horas después de que allí mismo un artillero matara desde su tanque a un periodista español…). Pero insisto, ése no es el asunto aquí. Es indiferente también que, al conocer la existencia de la baraja, alguna de sus “cartas” haya decidido entregarse (y exponerse…, ¿a qué situación? ¿Quizás a un futuro similar al de los afganos presos en Guantánamo?). Lo relevante para nuestros fines es el hecho, reflejado en ese método mafioso, de que se niega a Sadam y los suyos toda dignidad personal, y de que les matarían sin dudarlo (y sin juicio previo, garantías, etc.) si así lo decidieran y pudieran hacerlo. Aún más, el asunto aquí es si el mundo occidental, orgulloso de su civilización superior, no debería rebelarse frente a esa atrocidad anunciada mediante el ominoso lote de naipes. 

Con todo, supongamos que admitiéramos la pena de muerte. Supongamos también que Sadam y los suyos la merecen. Supongamos igualmente que la merecen sin un juicio con suficientes garantías porque las pruebas contra ellos son abrumadoras (ya sé que todo esto es excesivo, pero nos movemos en el terreno de los supuestos). Aun entonces, sólo habríamos cubierto la mitad del viaje. Quedaría la otra mitad, algo que tiende a olvidarse cuando, alegremente, se habla de “acabar con Sadam”: la elección del verdugo, de un verdugo moralmente apto para semejante ejecución.

En el Evangelio de Juan, capítulo 8, se nos narra un hermoso pasaje de la vida de Jesús. Los fariseos le llevan a una mujer tomada en flagrante adulterio, delito que la Ley castigaba con la pena de muerte (por lapidación). Como Jesús no es un maestro cualquiera, y lo ven como a un competidor, le intentan tender una trampa preguntándole qué opina respecto a esa disposición legal, que ellos anhelan llevar a efecto. Esperan que se oponga a ella, para así poder acusarle de ponerse al margen de la Ley. Pero Jesús calla, se inclina y se dedica a escribir en el suelo con el dedo. Como ellos insisten, se endereza y les replica: «Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra» (Juan 8: 7). Acto seguido, vuelve a inclinarse y a escribir en el suelo, quizá los pecados de aquellos fariseos ávidos de sangre. (Dice Juan, en 8: 9, que «acusados por la conciencia, salieron uno a uno, empezando desde los más ancianos»; ninguno fue capaz de apedrear a la mujer).

En esta sucia guerra (una auténtica guerra sucia), los que tiraron la primera bomba, y todas las demás, no estaban libres de pecado. Tampoco lo están los que quieren “acabar” con Sadam y los suyos. Ni siquiera, quienes aprueban o callan ante esa voluntad.

Quizá porque estos nuevos fariseos no tienen ante sí, debido a que la ignoran, a aquella autoridad que escribía en el suelo. O acaso porque, a muchos de ellos, sus conciencias no les acusan, pues ya carecen de ellas, a base de desoír su clamor.

Sea como fuere, nada justificará sus actos, incluido el eventual asesinato de Sadam. De mi hermano Sadam.

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Para escribir al autor: juanfernadosanchez@laexcepcion.com y laexcepcion@laexcepcion.com

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