La
antropología de Laín Entralgo
© G.S.V.
[guillermosanchez@laexcepcion.com]
(julio 2001)
Pedro
Laín Entralgo rechazó la concepción dualista
del hombre, predominante en la tradición occidental, adoptando
una explicación unitaria, en diálogo con las neurociencias
y la concepción bíblica.
La
trayectoria personal e ideológica del recientemente fallecido
Pedro Laín Entralgo resulta tan polémica como fascinante.
Inserto en esa prestigiosa escuela española de médicos
humanistas, Laín buscó con sus obras una explicación
de la naturaleza y condición humanas. Deberíamos
decir, más bien, un intento de comprensión, como
él mismo escribía en El País (en el
artículo "Qué es el hombre") el 12 de
febrero de 1992: "El enigma de la condición humana
nunca será íntegramente resuelto por nuestra inteligencia."
Quizá
su obra más trascendente en este sentido, obra ya de madurez,
sea Cuerpo y alma (Espasa, 1991). La originalidad de su
enfoque reside en que con ella Laín se distancia del
dualismo antropológico de tradición griega y
acepta una concepción del hombre que se podría considerar
como monista. La distinción espíritu-cuerpo
no sólo resulta absurda ante los datos que las neurociencias
ofrecen sobre el funcionamiento del cerebro, sino que además
es ajena al pensamiento bíblico (del cual Laín se
consideraba heredero, en la medida en que se declaraba cristiano).
Curiosamente,
en algunos medios se ha hecho referencia a una hipotética
pervivencia actual de Laín en una vida ultraterrena, cuando
él se había pronunciado más bien a favor
de la creencia en la resurrección de los muertos, tal y
como proclama el Credo católico (así lo evocaba
también el profesor Francisco Mora en una entrevista en
la cadena Ser el 8 de julio). Esta postura a favor de la antropología
bíblica, exenta de dualismos helenistas, ha tenido
una gran difusión en el pensamiento tanto católico
como protestante, desde que el teólogo evangélico
francés Oscar Cullman la estableciera con claridad en su
estudio clásico (E. Miret Magdalena lo califica de "definitivo"),
La inmortalidad del alma o la resurrección de los cuerpos,
publicado en 1962 (traducido al español por Studium, Madrid,
en 1970, y también incluido en Del evangelio a la formación
de la teología cristiana, Sígueme, Salamanca,
1972). Pero ya antes había sido defendida por algunos grupos
cristianos minoritarios que pretenden liberar al cristianismo
de sus herencias paganas.
Actualmente
la concepción dualista del hombre, y sobre todo su principal
consecuencia teórica, la inmortalidad del alma,
están siendo proclamadas por numerosas corrientes ideológicas.
Resulta chocante que hasta en el judaísmo haya triunfado
la fe en la pervivencia en el más allá, siendo que
en la antigüedad se diferenciaba de las demás religiones
precisamente por su afirmación de la materia, del cuerpo,
como condición esencial de la vida.
La
Nueva Era, con todo su bagaje oriental y sincrético, viene
divulgando estas creencias espiritualistas, defensoras de la inmortalidad
del alma. Asimismo cada vez son más numerosos los científicos
de los distintos campos de estudio del hombre y de la naturaleza
que, al hablar de una trascendencia, sugieren la existencia de
una dimensión eterna en el ser humano. Lo cual no deja
de ser paradójico, pues parece concebible que el cerebro
humano, tal y como se conoce hoy, pueda efectuar la captación
de lo sobrenatural a partir de procesos fisiológicos,
pero no presenta indicios de albergar en sí una
dimensión independiente (llámese alma o espíritu).
Laín,
en todo caso, asumía la trascendencia: "Los principios,
las leyes y los métodos de las ciencias de la naturaleza
cósmica serán siempre necesarios para entender
adecuadamente la realidad y la vida del hombre, pero éstas
nunca podrán ser explicables sólo con
ellos" (artículo citado). Pero reivindicó también
la condición radicalmente corporal del ser humano,
considerándolo a pesar de sus semejanzas cualitativamente
distinto de los animales. Fue una de sus muchas aportaciones a
la investigación y la reflexión sobre el hombre.
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Rehabilitaciones
vaticanas
© G.S.V.
[guillermosanchez@laexcepcion.com]
(julio 2001)
El
inicio de la causa para la beatificación de Joaquín
de Fiore (teólogo del siglo XII) se inscribe en la línea
de adaptación a los tiempos seguida por el Vaticano en
las últimas décadas. Numeros ejemplos muestran la
tendencia papal a reinterpretar el pasado, exonerándose
de culpas que se proyecten hasta el presente.
Frente
a lo que muchos creen, la Iglesia Católica Romana se caracteriza
por la capacidad de adaptación a los tiempos, si
bien no siempre de la manera en que se podría esperar que
ocurriera con otro tipo de instituciones. Una de las formas de
comprobar esta adaptación es observando la lectura que
el papado hace de su pasado. En los últimos años
ha procedido a reinterpretar su historia mediante una serie de
declaraciones y documentos públicos.
En
octubre de 1992 se "rehabilitó" a Galileo,
quien en 1633 fue presionado por la Inquisición hasta el
sometimiento de su conciencia. En el mismo documento se afirmaba
que "todos los implicados en el juicio", incluidos los
inquisidores, "tienen derecho al beneficio de la buena fe,
ya que no existen documentos procesales que demuestren lo contrario".
Se añade que, ante el requerimiento inquisitorial de que
proporcionara pruebas verificables de que la Tierra giraba alrededor
del Sol, "Galileo no logró probar irrefutablemente
el doble movimiento de la Tierra". De esta manera se absolvía
a la Inquisición (sin que se cuestionara su jurisdicción
para juzgar un asunto de ciencia y de conciencia), mientras ante
la sociedad quedaba la impresión de que se recuperaba a
este gran científico que jamás renegó de
su catolicismo.
En
marzo de 1998 el Vaticano emitió un texto sobre el Holocausto
en el que se eludía una responsabilización directa
de las autoridades católicas en las masacres de judíos,
que desde la Edad Media alentaron en Europa: "En el mundo
cristiano öno digo de parte de la Iglesia en cuanto talö algunas
interpretaciones erróneas e injustas del Nuevo Testamento
con respecto al pueblo judío y a su supuesta culpabilidad
han circulado durante demasiado tiempo, dando lugar a sentimientos
de hostilidad en relación con este pueblo". Se afirma
que el antisemitismo nazi "hundía sus raíces
fuera del cristianismo", lo cual es cierto ideológicamente,
pero desvía la atención de la evidente línea
de continuidad histórica entre los progroms de la cristiandad
y el Holocausto.
Las
solicitudes de perdón se han extendido a herejes como
Jan Hus (quemado en el concilio de Constanza en 1415), Lutero
(a quien la adopción de la Reforma en Alemania libró
de similar suerte) o Giordano Bruno (quemado por la Inquisición
durante el Jubileo de 1600).
Estos
actos de contrición, que en muchos casos ocultan una autojustificación,
como demuestra la lectura atenta a los documentos, ofrecen
una impresión de cambio, muchas veces reconocida como
tal por importantes voces de la política y la sociedad.
Algunas son auténticos golpes de efecto, pues suponen un
giro de ciento ochenta grados: tal es el caso de la noticia sobre
la posible beatificación del dominico Savonarola, quien
fue quemado en 1498.
Es
precisamente la política de canonizaciones uno de
los instrumentos mediante los que el Vaticano va dando señales
sobre sus tendencias. Así, la beatificación de Josemaría
Escrivá de Balaguer reflejó la estrecha relación
del actual papa con el Opus Dei. España precisamente es,
si no la primera, una de las principales canteras de mártires
beatificables, por lo menos en el siglo XX. Así lo destacaba
Pío XII en 1939, quince días después del
triunfo militar de Franco: "La nación elegida por Dios
como principal instrumento de evangelización del nuevo
mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica acaba
de dar a los prosélitos del ateísmo materialista
de nuestro siglo la prueba de que, por encima de todo, están
los valores eternos de la religión y del espíritu."
La
agencia vaticana Zenit (www.zenit.org)
informa ahora de la apertura de la causa de canonización
de Joaquín de Fiore (muerto en 1202), a quien se considera
Çuno de los personajes más apasionantes y controvertidos
de la historia de la IglesiaÈ. En vísperas del octavo centenario
de su muerte (el 30 de marzo de 2002), el arzobispo de ciudad
italiana de Cosenza, monseñor Giuseppe Agostino, ha introducido
su causa de beatificación, señalando que "en
la Iglesia nadie pasa en vano", y destacando que la grandeza
de De Fiore "no se puede reducir a la de un excelso estudioso
e investigador, sino a un arraigo de la fe, entendida y expresada
ascéticamente".
Aunque
sus enseñanzas fueron condenadas por el Concilio Concilio
Lateranense IV (1215) y por el concilio de Arles (1260), la causa
abierta ahora se pretende justificar asegurando que eran las doctrinas
y los excesos de sus seguidores los que se condenaban. El hecho
de que vivieran "en un siglo plagado de herejías"
parece justificar que se trataran con rigor, cuando más
bien podría pensarse que las posturas más correctas
destacarían entre tanto engaño.
¿Qué
sentido tiene la rehabilitación de Joaquín de Fiore?
La trascendencia de este personaje se debe a varias aportaciones
ideológicas. La más destacada es su concepción
de la historia, según la cual ésta se divide en
tres fases: la edad del Padre (la del Antiguo Testamento), la
edad del Hijo (vivida por la Iglesia tras la resurrección
de Cristo), y la edad del Espíritu, cuyo comienzo él
situaba hacia 1260, a partir de una interpretación según
la cual el periodo de 1.260 días mencionado en los libros
de Daniel y Apocalipsis correspondería a otros tantos años.
Esta edad debería culminar con la afirmación de
la espiritualidad del monaquismo sobre las estructuras eclesiásticas
tradicionales.
El
pensamiento de Joaquín de Fiore navega entre las distintas
corrientes religiosas y herejías del siglo XII en que vivió.
Éstas eran de distinta naturaleza y origen: desde movimientos
a favor de la pobreza del clero, hasta comunidades de influencias
esotéricas, gnósticas o paganas, pasando por grupos
que simplemente reivindicaban la pureza evangélica, en
lo doctrinal y en lo eclesial. Estas corrientes aparecieron normalmente
fundidas; los cátaros albigenses, por ejemplo, combinaban
la pretendida fidelidad a la Escritura con concepciones maniqueas.
Aquellas que más acentuaban el estudio de la Biblia fueron
el germen de la Reforma que triunfó en el siglo XVI.
Joaquín
de Fiore es en parte precursor de movimientos cristianos
que insisten en la importancia de las profecías bíblicas
para la comprensión de la historia humana, grupos que normalmente
conciben una transformación de este mundo tras la intervención
divina en el mismo. Pero a la vez su concepción trifásica
de la historia, en la que se augura una edad del Espíritu
(según él, iniciada en el siglo XIII) podría
conectar con las proclamas de los movimientos que anuncian una
Nueva Era para la humanidad, en la que transformaciones
progresivas afectarían a la humanidad, a la sociedad y
al orden mundial. La rehabilitación de Joaquín de
Fiore podría responder a intentos de aproximación
del papado hacia alguno de estos movimientos.
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El
papa "bueno"
© G.S.V.
[guillermosanchez@laexcepcion.com]
(julio 2001)
El
papa Juan XXIII ha estado de actualidad recientemente a raíz
de la exhibición de su cuerpo incorrupto (gracias a la
taxidermia); también se habló mucho acerca de él
con ocasión de su canonización en septiembre de
2000.
Resulta
curioso que entre los católicos se haga referencia a Juan
XXIII como "el papa bueno", dando así inevitablemente la
impresión de que los demás han sido (son) malos.
Llama la atención cómo no sólo los católicos
más conservadores, sino también los progresistas
(teólogos de la liberación y cercanos), e incluso
algunos no creyentes han resaltado sus valores positivos (que
sin duda los tuvo) y su postura rupturista, sin equilibrar este
enfoque destacando las grandes líneas de continuidad de
su pontificado con la tradición más rancia -y autoritaria-
de la Iglesia Católica Romana.
De
hecho, es mucho más lo que esta iglesia siguió
conservando tras el Concilio Vaticano II que lo que cambió
con él, hasta el punto de que el aggiornamento
no fue más que un barniz superficial que apenas recubrió
las profundas líneas maestras del catolicismo. En primer
lugar, se mantuvo de la figura absolutista del papa (en
el plano político, pero sobre todo en el espiritual, lo
cual es más peligroso). Tampoco se abolió la infalibilidad
del obispo de Roma cuando habla ex cathedra, que había
sido proclamada solemnemente por el gran enemigo de las libertades
humanas que fue Pío IX (papa profundamente admirado por
Juan XXIII, quien promovió su beatificación. Finalmente
fue Juan Pablo II quien beatificó a ambos el mismo día).
Ni se modificó la práctica vertical del magisterio,
"de arriba a abajo", según la cual toda doctrina y reflexión
católicas deben estar sometidas a la autoridad papal.
Por
otro lado, en los documentos del Concilio se aprecia que el ecumenismo
invocado no es más que una llamada a que las demás
confesiones acaben aceptando el "primado de Pedro", insistiendo
en que «es únicamente a través de la Iglesia
Católica de Cristo, [...] medio omniabarcante de la salvación,
que se puede obtener la plenitud de los medios de salvación».
No
hay tantas diferencias entre Roncalli y Wojtyla.
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El
condenado y el sistema: Dos caras de la misma moneda
©
J.F.S.P.[juanfernandosanchez@laexcepcion.com]
(julio 2001)
Tim
McVeigh, el Oklahoma bomber ejecutado el pasado 11 de junio
en los Estados Unidos, ha muerto para satisfacer la sed de venganza
del sistema; pero, ¿cuántos tendrán que morir
para saciar la sed de venganza de quienes se oponen al sistema?
Ya
lo mataron. Cuando escribo esto, su cadáver todavía
está caliente, a pocas horas de sufrir el jeringazo homicida.
Ya lo han conseguido: el pentotal ha creado un nuevo mito. Pronto,
muy pronto, proliferarán más y más seguidores
del mártir, sitios de Internet que le rindan homenaje,
libros y películas que glosen su brillante figura solitaria,
su irredenta pertinacia, sus fríos ojos azules
Tim
McVeigh ya no es nada más que un recuerdo, pero es
nada menos que un recuerdo lacerante: el de una
condena atroz consumada por un estado civilizado. Pero también,
un recuerdo estimulante para muchos jóvenes
que, frente a los abusos y absurdos de un sistema opresor, generador
de impotencias, verán en el condenado un ejemplo que imitar.
Hasta
un momento antes de morir, era el asesino masivo de Oklahoma,
el terrorista más sangriento de la historia de los Estados
Unidos, el blanco del odio justiciero y vengativo de quienes deseaban,
no sin "razón", verlo muerto (y verlo, a ser
posible, morir). Pero ahora es ya sólo un recuerdo, nada
más y nada menos.
No,
el tal McVeigh no era precisamente un buen chico. Antes de ser
ejecutado, y de pasar seis años en el celebérrimo
corredor de la muerte, él también ejecutó
a una, dos, tres
, hasta 168 personas a la vez.
Él
también tenía un concepto equivocado de la justicia;
como sus verdugos, pensaba que el castigo absoluto
la privación de la vida era la réplica
adecuada al crimen "injusto". Por eso llevó a
cabo su acción en represalia a la matanza de Waco
(más de ochenta muertos) acaecida justo dos años
antes con licencia del gobierno federal; con la anuencia, sí,
de un tal Bill Clinton, a la sazón primer mandarario
de los Estados Unidos de América.
Al
igual que sus verdugos incluidos el citado presidente y
su sucesor en el cargo, Tim sostenía que sus víctimas
no deseadas (mató a unos veinte niños) fueron "daños
colaterales". También compartía con ellos una
misma convicción: en este mundo de odio, violencia y muerte
las cosas se arreglan con más odio, más violencia
y más muerte.
La
única diferencia entre Tim y sus verdugos los mismos
verdugos de tantos iraquíes, de tantos serbios, de tantos
kosovares, de tantos davidianos
explica por qué
hoy ellos están vivos y él es sólo un recuerdo:
Tim era un asesino fanático e idealista; sus verdugos,
unos profesionales de la matanza industrial, del genocidio artera
y cuidadosamente calculado, siempre con las espaldas bien guardadas,
como corresponde a quienes detentan detentan, sí
un poder omnímodo.
Ya
lo mataron
Han "remediado" un crimen con otro.
Dicen que así ese demonio ha pagado con sus culpas, y que
no es lo mismo matar a uno que a 168, razón sobrada para
que la condena tenga rango federal (por primera vez desde hace
casi cuarenta años).
Ignoran,
no sé si a sabiendas, que una vida (tanto la de Tim como
la de cada una de esas 168 personas) posee un valor infinito.
Y que infinito más infinito más infinito
sigue
siendo infinito.
Ignoran,
o tal vez no, que cada familiar de las víctimas de McVeigh
sufre individualmente, y que considerar más grave matar
a cien, a mil, a un millón
que matar a uno, es justamente
el criterio que lleva a despreciar, cuando sucede, la muerte de
una "sola" persona.
Ignoran,
puede que a conciencia, que si el castigo de origen humano
no es rehabilitador a posteriori (y por definición,
la pena de muerte no puede serlo), entonces no cabe esperar para
él esa divina aprobación que tantos de ellos invocan.
Hay,
cuando menos, un aspecto adicional en la muerte institucionalizada
de este masacrador convicto, posiblemente racista, de nombre Timothy
McVeigh. Su biografía es la de un furibundo adversario
del sistema, en cuya justicia no creía. Su fatal acto sangriento,
el fruto de la impotencia frente a esa maquinaria de poder
que le adiestró en las técnicas de matar (Tim participó
en la Guerra del Golfo), mostrándole a la vez las vilezas
del sistema (las matanzas de iraquíes indefensos, por ejemplo)
que en este mundo siempre quedan impunes.
Así
se gestó la rabia de un joven educado en un país
orgulloso de su sentido de la justicia y de su espíritu
de lucro; en una nación que ensalza el uso de las armas
y la libertad casi irrestricta, a la par que estiliza la violencia
a través de su tercera industria nacional: la del entertainment.
Educado, pues, en valores de signo diverso: justicia y negocio
sin límites; libertad y desprecio a la vida.
Este
aspecto adicional suscita profundos interrogantes: ¿Qué
legitimidad poseería un sistema desquiciado e hipócrita,
violento y embrutecedor, para aplicar el castigo absoluto, aun
en la hipótesis de que este tuviera un fundamento ético?
Y si, como parece evidente, carece de esa legitimidad, estando
pues asentado sobre bases espurias, ¿tolerará jamás
ese orden establecido una oposición que realmente y
aunque sea por medios pacíficos lo ponga en entredicho?
En
otras palabras: ¿Existe acaso un margen de actuación,
un foro mediático siquiera y más allá de
lo precario, para quienes se atreven a cuestionar sin paliativos
el sistema mismo? ¿O, como en la historia de McVeigh, frente
a ese poder colosal no cabe otra salida que la rabia y la impotencia?
Son
preguntas que van más allá de la muerte de Tim.
Atañen, por ejemplo, a la principal corriente, o al menos
la más sonora, enfrentada al orden impuesto: el movimiento
antiglobalización, siempre a caballo entre la protesta
pacífica y la provocación violenta.
Son
preguntas necesarias... Buscar sus respuestas constituye el único
camino para hacer frente a la unificación del pensamiento
que ya está implantando el sistema.
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