DISCONTINUIDADES EN EL MODELO HEGEMÓNICO DE MASCULINIDAD
Humberto Abarca Paniagua
Director, Departamento de Participación, Cultura y Deportes
Dirección de Asuntos Estudiantiles, Universidad de Chile
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PRESENTACIÓN

A continuación, se comentan algunos resultados de una investigación cualitativa que utilizó relatos de vida y grupos de discusión  para reconstruir el modelo masculino tradicional y sus fracturas a partir del discurso de sujetos pertenecientes a estratos medios y bajos, adscritos a diferentes generaciones.
 El estudio consistió en un acercamiento realizado a través de una metodología cualitativa, comprensiva, basada en la teoría de las representaciones colectivas o sociales, tal como propone Durkheim (1937) y recogen Moscovici (1985) e Ibáñez (1979), entre otros. El supuesto es que en el habla se articularían dos niveles, el de la subjetividad y el de lo social, por lo cual las representaciones sociales –y las instituciones- quedarían inscritas en el lenguaje y, por lo mismo, vehiculizadas en la conversación. Nuestra intención fue reproducir la conversación social e individual y observar la perspectiva de los varones sobre la temática general de lo masculino. De esta forma, el punto de partida se expresó en las siguientes interrogantes:

De este recorrido, hemos seleccionado aquellos pasajes referidos a la caracterización de las crisis del modelo hegemónico de la masculinidad. Tales son los ejes ordenadores de nuestros resultados, que exponemos a continuación.

INTRODUCCION: COORDENADAS DEL MODELO HEGEMÓNICO

La modernidad como condición epocal de nuestra exploración

El discurso social que interpretamos tiene sus condiciones de existencia en las circunstancias históricas de la modernidad, que constituye un momento histórico donde las identidades masculinas y femeninas son de modalidad excluyente, construidas en relación con una división sexual del trabajo fundada en la separación de la vida social entre una esfera de lo público (producción) y otra esfera de lo privado (reproducción), y la asignación de los varones a la primera y las mujeres a la segunda. Esta modalidad económico-social y el tipo de subjetividades que en ella se construyen tiene como correlato una relación entre actores cuyos trabajos diferenciados se complementan para la subsistencia organizados en torno al modelo de la familia nuclear (Tajer, 1996; Inda, 1996).

La modernidad se ha caracterizado por ser un ordenamiento dicotómico del mundo basado en una epistemología binaria, entendida como categoría perceptual-cognitiva que ubica los objetos en pares opuestos -sujeto/objeto, varón/mujer, etc.-. En particular, la identidad de género se organiza en la línea de lo mismo/lo diferente y pone al hombre como lo mismo; las diferencias se tratan como ajenidades. La masculinidad aparece como el centro a partir del cual se constituyen los bordes (Tajer; Inda, Op. Cit).

El género como representación ideológica del relato moderno sobre el sexo

La modernidad no sólo produce una modalidad de orden. También lo justifica. Concebimos el concepto de género como el "conjunto de relaciones sociales que, basadas en las características biológicas, regula, establece y reproduce las diferencias entre hombres y mujeres. Se trata de una construcción social, de un conjunto de relaciones con intensidades específicas en tiempos y espacios diversos" (Ramos, 1991: 12).

Las ideologías de género son construcciones discursivas que surgen en sociedades estructuradas en base a relaciones asimétricas entre los sexos. Esta asimetría consiste en designar diferenciaciones de modo tal que tareas y funciones asignadas a hombres y mujeres, al igual que otros atributos como el prestigio y el poder, no guardan la misma proporción o no son comparables. (Ramírez, 1993: 37 y sgts.). De esta forma, género es la construcción social de la diferencia entre los sexos, el sexo socialmente construido y las ideologías masculinas constituyen su expresión en la subjetividad de hombres y mujeres.

En razón de lo anterior, el género es un sistema de significados determinado por la ideología dominante de una sociedad. Teresa de Lauretis (en Ramos: 1991) señala que el género, como la sexualidad, no es una propiedad de los cuerpos ni algo existente desde el origen de los seres humanos, sino que es un conjunto de efectos producidos sobre los cuerpos, los comportamientos y las relaciones sociales. Como tal, constituye la representación de la relación entre hombres y mujeres construida socialmente; al mismo tiempo que constituye una construcción sociocultural, es un aparato semiótico, esto es, un sistema de representación que asigna significado a los individuos dentro de la sociedad.

La masculinidad tradicional como un modelo hegemónico

Las ideologías de género se articulan bajo un modelo. Entendemos el paradigma dominante de masculinidad como un modelo, esto es, en el doble sentido de representación simbólica de la realidad (así se concibe la masculinidad) y norma (así se orienta la conducta de un hombre). La masculinidad hegemónica constituye un saber ideológico que orienta, motiva e interpela a los individuos concretos constituyéndolos en sujetos, a la espera de una respuesta "sujetada" a la norma (Althusser, en Zúñiga: 1971). Al mismo tiempo, la existencia de un modelo dominante supone la posibilidad de subjetividades masculinas que se relacionan en forma diversa con el paradigma, acatando, negando o pervirtiendo su mandato de acuerdo al contexto en que se encuentren (Sarti, en González Montes, 1995: 59).

La interiorización de las relaciones de género es clave en la construcción de nuestra identidad; asimismo, nuestros comportamientos favorecen el fortalecimiento y adaptación de las instituciones y estructuras sociales. Este proceso, es definido como el "trabajo de género" de una sociedad y se expresa como un proceso activo y permanente de creación y recreación del género, con tareas particulares en momentos particulares de nuestras vidas y que nos permite responder a relaciones cambiantes de poder de género. (Kaufman en Arango y otras: 1995). Desde este punto de vista, la masculinidad se construye y cambia: desde una cultura a otra; en una misma cultura a través del tiempo; durante el curso de la vida de cualquier hombre individualmente y entre diferentes grupos de hombres según su clase, raza, grupo étnico y preferencia sexual (Kimmel, 1992: 135).

Factores dinamizadores del cambio en la modernidad

A pesar que la modernidad es una modalidad de orden social que construye sus sentidos de vida sobre la base de modelos excluyentes, posee ciertos rasgos internos que presionan por la transformación de las subjetividades, particularmente su carácter reflexivo. Al decir de Giddens (1995), el orden institucional de la modernidad destaca por su dinamismo, el grado en que desestima los usos y costumbres tradicionales y su impacto general. Lejos de constituir meras transformaciones externas, la modernidad altera en profundidad la vida cotidiana así como los aspectos más personales de nuestra experiencia y, por ende, el perfil de nuestras subjetividades (Op Cit: 9).

Al interior de este orden moderno, la identidad del yo se convierte en una tarea que se expresa como la construcción de un proyecto reflexivo del yo, esto es, el mantenimiento de una crónica biográfica coherente. De hecho, en la vida moderna la noción de estilo de vida adquiere una particular importancia en la medida que la tradición pierde su capacidad convocante y los individuos deben adoptar estilos de vida entre una diversidad de opciones que aspiran a protagonizar el planeamiento de la vida. En el plano cotidiano, se sostiene un proceso de transformación de la intimidad donde lo principal parece ser el surgimiento de la “relación pura” como vínculo social donde desaparecen los criterios externos hasta el punto en que la relación existe tan sólo por las recompensas que puede proporcionar por sí misma (Giddens, 1995: 11).

Al mismo tiempo, la jerarquía como forma de ordenar las diferencias que es propia de la racionalidad tradicional, viene a ser cuestionada por los principios modernos de igualdad y libertad. La coexistencia de valores tradicionales y modernos constituye una realidad cotidiana en las sociedades latinoamericanas (Fuller: 1997). Lo que queremos expresar es que bajo las condiciones contradictorias de la modernidad latinoamericana, el poder se reproduce bajo modalidades complejas que no son unidireccionales y, más bien, constituyen sentidos en pugna.

El modelo masculino como un poder que consuela y daña al mismo tiempo

Por lo general, las sociedades exigen a sus varones pasar por pruebas para probar su masculinidad, que aparece como una cualidad muy deseada y, a la vez, difícilmente alcanzable. Así, la condición masculina estaría constantemente en duda, por lo que necesita su prueba y afirmación social y personal. Si los hombres, tan universalmente, deben pasar por pruebas para probar su masculinidad, es precisamente porque ésta no está determinada por la naturaleza. Por esta razón, las sociedades establecen pautas, rituales, pruebas, sistemas de premios y castigos que incentivan la conducta agresiva y activa, inhibiendo los comportamientos pasivos (Callirgos, 1996). Socializarse como varón bajo el modelo tradicional es un proceso difícil que por lo mismo, requiere un beneficio simbólico y material. Ese beneficio consiste en la posibilidad de ejercer algún poder (Kaufman, en Arango y otras: 127).

No obstante, se ha señalado el carácter ambiguo de este premio. A lo largo de su socialización cultural, el varón internaliza un rasgo básico de su condición: la construcción social del varón va ligada a la noción de importancia, esto es, el principal mandato cultural del varón es ser importante. Este modelo-imagen cumple dos funciones contradictorias entre los varones: a) proveer un refugio, en la medida que el orgullo corporativo masculino y las prerrogativas que establece hacen vivible la existencia y, al mismo tiempo, b) impugnar y angustiar, en virtud que la grandeza del Modelo-Imagen masculino no logra ser alcanzada por ningún sujeto. A partir de lo anterior, el modelo hegemónico masculino, resumido en la consigna básica “Ser varón es ser importante”, puede ser leído de dos formas:

De hecho, las dos lecturas de la norma “producen sujetos”, en la medida que, en el primer caso, conllevan la valoración de los derechos que se desprenden de la condición y en el segundo, recuerdan los deberes sociales que le acompañan. En definitiva, bajo las condiciones de modernidad el modelo hegemónico masculino se expresa como una dialéctica entre el privilegio y la impugnación que alimenta la reproducción compleja del poder en el sistema de sexo-género.

EL MODELO HEGEMÓNICO EN EL DISCURSO DE LOS VARONES

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra”

“Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada”

“Entonces Jehová Dios dijo a la mujer ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí...A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste la voz de tu mujer, y comiste del árbol del que mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.... Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y al polvo volverás...Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto del Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida”(Génesis, Libro Primero de Moisés)

“...Y mirándole, Jesús dijo...tú serás piedra”(Evangelio según San Juan)

Señoreo, dolor, sudor, jefe de familia, piedra fundacional... la hombría viene marcada a fuego desde la caída mítica protagonizada por Adán. El modelo tradicional define al varón como un ser de dos caras que articula deberes y derechos, libertad y determinismo, potencia y carencia. “Serás piedra” es el mandato cultural de la masculinidad. Bajo este precepto, el varón es la base individual de la sociedad, fundada en el estoicismo de su autonegación en favor de los demás a quienes debe sostener. Es una identidad construida a partir de su función de sostén-protector del hogar y proveedor del alimento que mantiene a su familia. La sociedad refuerza en el varón la voluntad de acatar el mensaje premiándolo con el privilegio del poder y el predominio de la esfera pública. Pero a veces los varones huyen, reniegan, se ausentan, se hacen piedra del camino. Unas veces, sumidos en sus tareas importantes se hacen ajenos a sus hijos; otras, sumidos en sus dolores y euforias, se ausentan de sus sentimientos.

A continuación, nos sumimos en ese complejo de conversiones y reniegos que constituye la hombría. En el camino, reconstruiremos el edificio de creencias que conforman la masculinidad delineando las tendencias que pugnan por mantener o reinterpretar el modelo tradicional.

La pedagogía del privilegio

Revisemos la pregunta sugerida por Vicent-Marqués (Op cit: 1997): ¿cómo aprende un varón su importancia? ¿de dónde extrae su fundamento? El varón recibe enseñanzas explícitas e implícitas –la mayoría- que le sugieren estar en posesión de un status distinto, esto es, haber nacido del ‘lado adecuado’. Como se ha señalado, esa cualidad se basa en la internalización de una condición doble que fundamenta el sentido de su privilegio: la asunción de un derecho (‘el varón se manda solo’) y un deber (‘el varón camina por el costado izquierdo de la calzada’ ). Llamamos a este proceso hegemónico de fabricación de varones la “pedagogía del privilegio” .

Los mensajes hegemónicos escuchados/observados en la familia

Los abuelos representan el desborde original, el hito biológico fundacional de la familia, apareciendo en el discurso como si antes de ellos nada hubiese existido, sólo naturaleza. Alrededor de la figura de los abuelos, los sujetos tejen los mitos fundacionales del carácter familiar y junto a ellos, las principales trazas del modelo masculino tradicional. Sus evocaciones nos muestran a varones que, en la mayoría de los casos, se hicieron a sí mismos a punta de golpes, transformándose en un resumen de las fuerzas de la naturaleza: tesoneros, pródigos, brutos, cariñosos, soberbios, egoístas, generosos, previsores, incautos, indiferentes, exuberantes, corajudos, infieles, versátiles, ingeniosos, encantadores.

“...mi abuelo fue un rajadiablos , el típico porteño choro del puerto. Era estibador cuando Valparaíso era la Joya del Pacífico... Tenía los bolsillos llenos de plata....no sé qué nivel de estudios tuvo pero diría que muy poco, era un farrero, el típico tipo que se sacó un diente de las paletas principales y se puso uno de oro. Ese tipo de vida, lleno de mujeres...se casó con mi abuela y tuvo el tipo de vida típico de los machistas de ese entonces...llegaba, daba plata pa’la casa y era lo único que hacía. Cuando daba...porque prefería gastarse la plata con sus mujeres, amigos...Por suerte compró una casa, pudiendo haberse comprado muchas cosas...el viejo tuvo una relación super distante con sus hijos, con los nietos lo mismo...era por problemas de educación...Se dedicó a vivir la vida hasta que llegó a la casa de mis papás a morir de un cáncer...tenía problemas con mi abuela, se separaron como dos o tres veces por un buen tiempo, le pegaba” (Pablo, Adulto estrato medio)
Sea cual sea el mensaje a partir del cual su recuerdo sea leído, tienen de común la imagen del hombre-que-se-hace-a-sí-mismo, cuya masculinidad se construía sobre un límite estricto entre lo privado y lo público, donde casa y calle representan mundos separados, regidos por códigos diferentes y unidos por un modelo de roles complementarios en virtud del cual el varón podía ejercer sus privilegios en la calle a condición –no siempre satisfecha- de cumplir con sus obligaciones de proveedor. Un buen hombre no era más que un rajadiablos que sabe cumplir con su hogar.
“...el hombre antiguo era distinto al de ahora, de la casa pa’fuera podía hacer lo que quisiera pero de la casa pa’dentro tenía que regirse dentro de las normas, cierto respeto a la señora, la plata pa’que ésta la administrara...mi abuelo era alcohólico, de los que se iba a tomar todos los días con los compañeros al bar del puerto, a más de algún prostíbulo debe haber ido...pero un hombre muy noble, muy bueno, nunca le faltó nada a la familia de mi papá, de hecho una persona muy buena, con muchos valores” (Rodrigo, Joven estrato medio)
Frente a este hombre desbocado, las abuelas representan el complemento preciso, continente, a través de una imagen femenina domestizante. En el relato masculino la abuela es la verdadera fundadora de la autoridad –el padre en reemplazo-, el dique moral que preserva las buenas enseñanzas y hacía frente al varón. A través del manejo de los hilos de la vida , estas mujeres hacen del hogar un territorio de jurisdicción exclusiva. Desde la representación de la autoridad del padre ausente, pasando por la definición del orden ‘sagrado’ de las comidas y la transformación de lo crudo a lo cocido, la trama de estos hilos constituye –en el plano cultural- el acto fundacional de la familia.
“mi abuela fue una mujer muy severa, de una moral muy estricta...mucho peso de autoridad, normaba mucho la vida de la familia” (Nelson, Joven estrato medio)

“mi abuela...típica señora antigua que cuando llegaba mi abuelo le tiraba los zapatos en la cabeza...siempre hacía el almuerzo, nadie le quita esa función...ollones de cazuela, es sagrada la cazuela de vacuno en la casa y el plato de fondo y después su postre” (Rodrigo, Joven estrato medio)

Como veremos a continuación, la referencia a sus padres y madres reproduce lo esencial del modelo tradicional de masculinidad y femineidad.

Al padre se le persigue como una sombra. Es una figura ambivalente, cuya evocación puede suscitar –en el extremo- la sensación de ausencia total y su definición como invitado en el hogar. Es un padre disperso entre los recuerdos de sus visitas. Es el padre-sofá , que asume el hogar como un lugar de descanso hasta la nueva partida, donde se le debe nutrir, servir, respetar, satisfacer. Es el padre despreciativo, el pedagogo brutal de la autonomía masculina que transmite lo que a su juicio representa la primera enseñanza de un varón: si no aprendes a nadar, te ahogas.

“...una relación fragmentada, de ausencias, la figura familiar para mi ha sido mi madre, me hermano y yo...lo recuerdo como una figura atemorizante... represora (...) Una imagen que tengo de él en la casa, frente al televisor, conversando en el rol muy de hombre...de no colaborar en hacer cosas...era marino...en cierta ocasión llevó piure pero hay que asumirlo que en verdad era una visita, no era parte de la familia” (…) Mi papá compró Milo y le dije que no quería...me miró con mucho desprecio...que era un malagradecido...esa es la imagen prototípica que tengo...otro recuerdo...me pidió que llevara una estufa a parafina donde mi mamá...la tomé y yo era chico...me tambaleaba y mi mamá se asustó...me podía pasar algo, y sentí su voz de nervio, y mi papá le dijo ‘déjalo, si él puede’...por último si no puede tiene que poder’ ...dejé la estufa y me di cuenta que sí lo había hecho...en momentos difíciles me acuerdo...asumo que soy capaz de superar obstáculos” (Nelson, Joven estrato medio)
Coincidentemente, entre los varones populares el padre también resuena como una figura lejana. Aquí, el escaso conocimiento de los padres se limita al obtenido al ingresar al mundo del trabajo: el padre pertenece al mundo de los hombres plenos, al mundo exterior.

Simétricamente, la madre te acompaña como una sombra. Bajo un modelo de roles genéricos complementarios, a la madre le corresponde permanecer en el hogar desempeñando funciones de dueña de casa. Si la necesidad o la ausencia del padre lo obligan, éstas pueden ser complementadas con tareas productivas fuera del hogar. En contrapartida a la imagen general del padre, la madre constituye el polo afectivo, el cariño matizado por su severidad en la administración de la autoridad doméstica. La madre constituye el sostén y la caja de resonancia del código moral estricto que inculca la decencia en los hijos a través de un sistema binario de prohibiciones y prescripciones: “se debe/no se debe”.

Más allá del grado de presencia efectiva en la vida de sus hijos de aquellas madres que trabajan, su responsabilidad sobre la gestión del mundo privado del hogar deriva en una sensación de presencia que para los hijos tendrá un efecto determinante en la construcción imaginaria de las fuerzas del mundo: mientras lo masculino es percibido como lo dinámico, lo que va y vuelve, lo femenino quedará inscrito en sus memorias como lo que permanece. Al desnudar la construcción de subjetividades puesta en juego en las relaciones familiares y de género, se comprende que las madres destaquen como una presencia incontrarrestable cuyo signo es el cariño, eco de ese espacio tibio que nos contuvo alguna vez.

“...es un amor, pa’mi mi mami es todo, yo daría la vida por mi mami...me ha dado tanto que a veces no sé cómo devolvérselo” (Pancho, Joven estrato popular)
La construcción de las relaciones de género en la familia
“Un papá que no pescaba a los cabros y una mamá que lo único que trataba era de atinar con la casa, con lavar ropa, platos y tratar de criar hijos sin la educación que existe hoy en día...la clásica familia de entonces” (Pablo, Adulto estrato medio)
Consultados sobre las relaciones de género observadas en su familia, los sujetos reconstruyen a la perfección el modelo de roles complementarios que, en virtud de su sexo, distribuía a hombres y mujeres en funciones de producción y reproducción, respectivamente, cuyo reparto de la autoridad se articulaba sobre un poder masculino (titular-supuesto) y un poder femenino (delegado-real), que recuerda las organización del poder en la hacienda rural (hombre-patrón de fundo y mujer-capataz). En una escena reconstruida a ojos de niño, se recuerda a un padre que pesaba más como amenaza (‘...vas a ver cuando sepa tu padre’) y una madre que, al calor de sus batallas domésticas, ejercía el poder efectivo y, con su acción, materializaba el poder paterno. La concentración del poder en manos del padre dependía del grado efectivo de preocupación que éste manifestara por las tareas del hogar.
“...la relación típica de una pareja chilena, que se presume que el hombre es el que manda, se hace lo que él dice, sin embargo en términos fácticos la autoridad la maneja mi mamá...en las familias de marinos la familia la realiza la madre y el padre es una figura ausente que se inserta en el medio” (Nelson, Joven Estrato medio)
Para ejercer la autoridad, al padre le bastaba el valor de su palabra que –generalmente- se aplicaba a distancia; la madre, que no tiene palabra –salvo cuando simboliza la del padre- ejerce el poder de la presencia y, en algunos casos, materializa la violencia cuando la función de representación no alcanza para controlar a los hijos. En ocasiones, las madres de los hombres populares tienden a revelarse ante la brutalidad de una autoridad paterna despótica. Particularmente a partir de la crisis económica de los años ochenta, la mujer popular se completa, se hace jefa y administradora del hogar, asumiendo la autoridad de la palabra del padre y la fuerza de su empeño, deviniendo autoridad plena. En el caso de los hijos de padres profesionales, la gestión de la autoridad y las decisiones del hogar oscila entre el modelo tradicional y un estilo que tiende a ser más equitativo, pudiendo llegar a invertir los roles tradicionales, especialmente cuando la mujer tiene más educación que el varón.

Las enseñanzas de madre y padre

Al tiempo que recibe mensajes explícitos sobre los roles de género y el lugar que le corresponde en el mundo, el pequeño varón sopesa y articula las enseñanzas de la madre y el padre, su modelo masculino más cercano. A partir de sus palabras y sus gestos, de sus acciones y sobre todo de sus omisiones, el niño asimila la complementación de lo femenino y lo masculino en un sistema de afirmaciones y negaciones que irán ‘masculinizando’ su subjetividad.

a) Mensajes de madre

Es casi una escena común: el padre dice al hijo ‘¡sale al mundo!’ y la madre pasa revista en el umbral del hogar: ‘¿te lavaste las manos? ¡mira esos zapatos!’, enjuga su pañuelo y le limpia las orejas. El niño logra escurrirse de la revista higiénica de la madre: la pulcritud es una enseñanza clave en la pedagogía de la decencia. Por otra parte, si el padre inculca la capacidad de responder ante las cosas de la vida, la madre trasmite el valor de la paciencia para decidir, la sinceridad para construir la confianza. En concordancia con lo afirmado por Bengoa (1996), entre los varones pertenecientes a sectores populares las madres inculcan virtudes de sociabilidad orientados a la construcción de lazos tanto en lo público como en lo privado-íntimo (‘respeto’, ‘cautela’, ‘bondad’ y ‘honradez’).

“siempre la sinceridad, la calma, no son como enseñanzas sino como que uno la va incorporando al subconsciente...mi madre dice que es normal eso de la paciencia” (Rockford, Joven estrato medio)

“ser respetuoso, leal, amistoso, tener cuidado en confiar con algunas personas, ser bondadoso, ayudar al prójimo” (Pancho, Joven estrato popular); “...que nunca me pusiera a robar o que no fuera delincuente, por el ambiente en que vivimos” (Asesino, Joven estrato popular)

b) Mensajes paternos

El padre es recordado inculcando en el hijo tres pilares fundamentales de la ideología del esfuerzo: excelencia, responsabilidad y solidaridad (una cuarta cualidad refiere especialmente a los sectores populares: la agresividad). En el primer caso, se aprende que un hombre se realiza entregándose plenamente a su tarea, sea cual sea la relevancia que ésta tenga; en el segundo, se aprende que un varón involucra su honor en el cumplimiento de su tarea y que un hombre debe transmitir seguridad hacia los suyos regulando su conducta, construyendo mecanismos para dominar las contingencias; en el tercero se aprende el altruismo, la capacidad de negarse a sí mismo para reconocerse en los demás; en el cuarto caso, los padres populares enseñan a sus hijos que siempre hay que estar dispuesto a responder para poder sobrevivir en la calle: es una noción de honor que se materializa en el cuerpo, que desarrollaremos más adelante. Las cualidades nombradas se realizan preferentemente en la esfera pública.
Junto a las virtudes descritas, el padre enseña un rasgo fundamental de lo masculino: el discernimiento, que es la base para la construcción de la autorregulación, de la autonomía. Consiste en la capacidad de realizar una lectura personal de la norma cultural, cuya observancia se basa en un sentido de concordancia que el individuo-varón construye frente a sí mismo. Esta práctica permite un juego de acomodo con la norma cultural, elemento clave que sostiene la convivencia de los códigos de conducta opuestos que rigen la calle y el hogar, fuente del discurso de vicios privados y virtudes públicas. En ese sentido, la enseñanza de la rectitud es tributaria del dispositivo de autocontrol masculino que el padre inscribe con sus palabras y su actitud en la subjetividad del hijo; en el fondo, constituye un programa para verificar la validez de sus acciones. Es una moral construida a partir del discernimiento personal, que fortalece el proyecto de autonomía del sujeto varón, fundado en el precepto ‘nadie sino tú mismo puede decirte lo que es bueno y lo que es malo’: cuando el discernimiento se aplica desde relaciones de dominio, constituye el fundamento del privilegio. No olvidemos que se trata de la enseñanza de padres que, a partir de su esfuerzo, aprendieron a navegar pragmáticamente por la vida.

“...tenía un concepto de la moral también...bien especial...que la moral a pesar de ser él creyente y observante nomás, era que uno manejaba un poco la moral, de sentirse bien y saber lo que es bueno y lo que es malo” (Pablo, Adulto estrato medio)

“mi papá...te dice siempre ‘tú sabis si está bueno o está malo, lo demás son excusas” (Emilio, Adulto estrato medio)

“<mi papá me enseñó> ...los principios, el autocontrol...uno se pregunta qué es lo bueno y lo malo y siempre con lo bueno está el padre de por medio. Si lo hace él es bueno, si no lo hace es malo, ahí viene tu autocontrol” (Rockford, Joven estrato medio)

Asimismo, el niño aprende del padre un conjunto de nociones para el desempeño en la esfera pública, que van dando forma a la noción de importancia vinculada a la condición masculina:

Para los hombres, el mundo. El niño aprende en carne propia y a través del ejemplo de los varones que le rodean –padre incluido- que la condición masculina va íntimamente ligada con la noción de libertad. La libertad es el fundamento de su capacidad de experimentar, conocer y autoconstruirse. ‘Es que el hombre para ser autónomo debe aprender a equivocarse’; ‘es que para sobrevivir al mundo debe salir a conocerlo’. Esta línea pedagógica se traduce en cierta permisividad –y complicidad- de los padres hacia las conductas del hijo varón: ...permisividad con los vicios (un varón debe conocerlos); permisividad con los ritmos domésticos: el varón puede desviarse. Asimismo, los varones crecen devorando el mundo y alimentándose de un ansia de aventura insuflada por el padre. El mundo se memoriza, se toma para sí, se mide, se asume propio.

“...no era un papá tradicional, me dejó fumar a los 14, tenía sus propias teorías...decía que si me prohibía iba a fumar igual, prefería que fumara en casa a estar en una esquina...nos dio un montón de libertad” (Pablo, Adulto estrato medio)

“salíamos los domingos, típico que llegábamos re’tarde, pasábamos a comer un sandwich o nos encontrábamos con un amigo de él y llegábamos re’tarde y estaban todos choreados” (Kike, Joven estrato medio)

“me gustaban mucho las aventuras...mi papá compró una colección de libros y había uno que se llamaba La Tierra y sus Recursos...me lo devoraba...y una enciclopedia Sopena de nueve tomos y el último tenía ilustraciones de cosas bien entretenidas...me gustaba la ciencia y la aventura y cosas por el estilo” (Pablo, Adulto estrato medio)

Hay espacios de hombres. El varón toma consciencia de la exclusividad de su status a través de ciertos espacios segregados de sociabilidad como la ida al estadio que cumplen la doble función de incluir a los niños en el universo masculino y generar un lazo genérico intergeneracional, una complicidad basada en la delimitación de un tema común de conversación: deporte, mujeres, trabajo, etc.
“era sagrado el tiempo en que íbamos los 4 al estadio, los 4 con mi hermano, mi papá, mi abuelo y yo...por eso nos ligamos...” (Rodrigo, Joven estrato medio)
Sólo un hombre reemplaza a otro hombre. Ante las ausencias del padre, una práctica común es el encargo del padre al hijo: ‘cuide a su mamá’. Al calor de la petición del padre, el pequeño hombrecito aprende dos lecciones: que un hombre sólo puede ser reemplazado por otro hombre y que las mujeres están para ser protegidas.
“...cuando mi papá viajaba nosotros hacíamos como que la cuidábamos, éramos los únicos hombres, mi papá se iba y siempre nos recalcaba eso, que éramos los hombres que cuidábamos a la mamá” (Pablo, Adulto estrato medio)
Un hombre se orienta hacia lo público. En el relato de los sujetos, una de las paradojas del padre era su incapacidad de establecer puentes entre la identidad pública y su faz hogareña. Esta dualidad masculina transforma al bromista del grupo de amigos en el huraño silente de la reunión familiar; al hombre generoso y preocupado del ‘afuera’ en un ser negado de afecto hacia sus propios hijos. En varios casos, el padre prodiga en el afuera lo que no es capaz de dar dentro. Los hijos llegan a construir una percepción esquizoide que justifica la actitud del padre: él debía cumplir fuera, la esfera pública lo demandaba.
“<mi papá> ...no pescaba <no se preocupaba> en la familia pero para fuera sí, tonto grave dentro pero con los amigos ser bueno para echar la talla (…) el ideal del niño es el papá...muy esforzado, muy justo, muy líder...que disfruta de lo que hace, me sigue gustando que el huevón se tira de 8 de la mañana a 11 de la noche trabajando y los disfruta y se saca la chucha...y es capaz de dejar de hacer clases por hablar con los cabros o darse el espacio para invitar a un cabro a la casa para hablar de sus problemas, es super humano” (Rodrigo, Joven estrato medio)
La dicotomía casa/calle y el sistema amigos

Coincidentemente a lo señalado por Fuller (1997: 117), el varón adolescente construye su masculinidad trazando límites estrictos entre dos mundos regidos por códigos opuestos: la calle y la casa. La casa alberga una escena de virtud y decencia, de rígidos códigos morales, de permisos, de horarios y restricciones. Para la mayoría de los varones y en especial para los de sectores populares, la calle representa un espacio clave en la formación de la subjetividad, es la posibilidad de distanciarse de la tutela familiar y constituye el espacio de transgresión por excelencia. Frente al hogar, la calle planta sus propios códigos de conducta que ordenan la construcción de hábitos por parte del varón adolescente alrededor de una premisa básica: un hombre verdadero debe ganarse el derecho a ser soberano de sí mismo. Esto debe lograrse sin la ayuda de nadie.

“...en la calle aprendí la ley de la calle...las peleas, los temas que se hablan, de la sociedad...pa’mi la ley de la calle tiene que ser fuerte, si eres débil todos te pasan a llevar, si te pasan a llevar llevarle la firme” (Pancho, Joven estrato popular)

“...una vez fui a pescar cuando chico...se usan mucho para contener las olas una cuestión que se llama tetrápodo, que son unas cosas con cinco puntas...una vez iba a pasar de uno a otro, porque todo el mundo hacía como una especie de malabar pa’pasar y me cuelgo de una de las puntas...son unas cuestiones de hormigón enormes, y una vez que ya estoy colgado veo que no me da pa’pisar abajo y que la distancia es mayor, y el tetrápodo que venía ya tenía musgo, estaba muy cerca del agua, yo me soltaba y me iba a sacar la cresta. Y estuve colgado huevón no sé poh, dos minutos terribles, tratando que alguien me viera, y el orgullo de no pedir auxilio” (Pablo, Adulto estrato medio)

La lucha por el honor

En la calle, el varón aprende –o refuerza en la práctica- una de las máximas de todas las masculinidades: el honor. La defensa del honor se traduce en el aserto “nunca te dejes avasallar”, esto es, nunca ofrecer servidumbre o reconocer jerarquía a quien no ha demostrado superioridad por algún medio lícito –en este caso la violencia es un medio lícito-. El principio de honor se basa en una consideración más general: “en la calle todos somos iguales”. Esta visión corría pareja a una percepción de igualdad social, especialmente para los varones que vivieron su infancia en barrios pluriclasistas. En este territorio, es su derecho a la inclusión en la esfera pública de iguales lo que el varón debe demostrar cada vez que no se deja avasallar . Por otra parte, la igualdad es un bien que se debe conquistar autónomamente: independiente que pueda recurrir a su grupo para ser defendido, el varón debe demostrar su capacidad para resolver sus problemas por mano propia. Para los varones populares, la afirmación de la autonomía constituye una forma de distanciarse respecto de los caminos ‘malos’ que acechaban en el barrio: es una defensa de la virtud, una opción por la decencia. Ser fuerte es una forma de defender el derecho a ser diferente.
Asimismo, en sus interacciones grupales los niños aprenden ciertas distinciones que les transmiten la idea de que lo masculino es importante: en primer lugar, que la homosocialidad es la regla de comportamiento de un varón, quien sólo se siente digno en compañía de otros varones; que las figuras masculinas son importantes; los hombres saben, son infalibles y deben ser imitados; un hombre está para cosas grandes, para sobresalir y dominar a otros.

“<¿Había alguna figura masculina a la cuál buscaras parecerte?> ...las figuras masculinas eran de cada uno...que el papá le había enseñado tal cosa, yo contaba que mi hermano le había dicho tal cosa...de alguna forma se transformaban en las figuras del saber (…) quería ser piloto de guerra o bombero...me identificaba con personajes históricos con Manuel Rodríguez ...así quería ser, un sujeto astuto, capaz de movilizar cosas, de generar cambios...admiraba los actos más gallardos como Prat <héroe militar>...el tema del poder está también...me parecía muy llamativo O’Higgins que en la historia aparece como un sujeto controlador, que maneja las cosas, con capacidad de maniobra” (Nelson, Joven estrato medio)
Estas habilidades y demandas de aprendizaje conviven con los rasgos habituales de la vida de barrio: ser travieso, disfrutar el goce de la transgresión y poder soportar la culpa; saber remarcar la individualidad ante los deseos del grupo; saber valerse por sí mismo, ser temerario, buscar el riesgo; ser competitivo, desear la primacía, ser hábil o, en lenguaje de jerga, estar atento, ser ‘vivo’. Por último, un hombre debe ser agresivo de palabra y acto. No obstante, entre los varones de sectores medios existe una disposición activa de rechazo de la violencia. La violencia tiene una marca social, pertenece a quienes no son capaces de entenderse con palabras: los salvajes, los otros.

La masculinidad hegemónica como juego de dilemas

Como se ha señalado, la masculinidad hegemónica implica una vivencia contradictoria de potencia y carencia. La hombría es una condición paradójica, que tranquiliza e inquieta, en cuyo fondo se opera la dialéctica entre el reconocimiento del privilegio y su impugnación. Ante dicho mandato, el sujeto se maneja celebrando el beneficio y mascullando su faz dolorosa.

a) Hombría como potencia y reconocimiento

En este caso, se expresa el sentido del privilegio reconocido por los sujetos en virtud de su sexo. En todo caso, entre los varones consultados no observamos el imperativo del orgullo que señala Marqués (op cit.), sino una disposición de agradecimiento por los beneficios biológicos y sociales que se derivan de la hombría. Es el consuelo de haber nacido de lado adecuado en medio de una cultura machista, como se define a la configuración chilena. El espíritu podría ser definido como ‘consciencia de privilegio’ más que orgullo por ser un varón. Por sobre todas las cosas del orden androcéntrico en que vive, el varón valora el derecho a la autonomía y la errancia implicados en la condición masculina. Es la sensación de sentirse el centro del universo alrededor del cual el resto de los habitantes definen sus posibilidades. El mundo pertenece al varón.

“estoy super agradecido de ser hombre porque vivimos en una cultura machista...estoy super contento de la vida que lleva el hombre...tiene más facilidad en este mundo…te das cuenta que el mundo gira en torno a ti, te das cuenta que el bando contrario igual gira en torno a ti, que las actividades que puede hacer una mujer cuando eres chico igual están en función de lo que puede hacer el hombre...las mujeres no juegan, es el hombre...las mujeres no pueden andar colgándose de los cerros” (Rodrigo, Joven estrato medio)

“<el hombre tiene> la ventaja de poder patiperrear más libremente que la mujer...porque si me invitan puedo ir, en cambio la mujer va a estar amarrada con los niños y el hecho que uno salga a trabajar ya está más en contacto con la sociedad...esa es una ventaja que tiene el hombre que tiene más visión y la mujer está más echá...pero no es ventaja ni desventaja ...es ser ubicado en el lugar que le corresponde” (Vladimir, Adulto estrato popular)

Sin perjuicio de los avatares de la vida, ser hombre da libertad de no quedar amarrado, de no sufrir los inconvenientes o riesgos derivados de la condición femenina como son el malestar y dolor menstrual, el embarazo y el peligro de violación. Al mismo tiempo, este discurso celebra las garantías sociales derivadas de su participación en un orden masculino, que se extienden incluso a la valoración diferencial de la paternidad: mientras una hija se acepta, un hijo se celebra.

b) Hombría como dolor e impugnación

Desde otro lugar, la consciencia de privilegio se desarrolla como una impugnación irónica que reduce la masculinidad desde el épico Olimpo hasta la humilde condición de ‘burro de carga’. El destino del hombre no pareciera reconocer puntos medios, oscila entre el triunfo y el fracaso: un hombre es lo que logra y lo que se dice de él. Esta noción transforma el honor en una cualidad interna que debe ser actualizada y confirmada periódicamente en la esfera pública: como sea, la hombría es un sistema asociado a la noción de obligación. Es una hombría siempre ‘en vitrina’, vigente mientras se demuestre. Para la mayoría de los varones, la experiencia de ser hombre ha representado un desafío cuya evaluación está más cerca del conformismo que del orgullo.

“<¿Cómo ha sido tu experiencia de hacerse hombre?> Complicadísima...he tratado de asumir estos roles y cuando tengo un tropiezo, me duele mucho...<ser varón otorga> mayor reconocimiento social, una especie de clasismo, se nos deja la testa de la mesa <la desventaja> va por el mismo lado, si no podemos cumplir con esas expectativas, se nos estaría viendo como fracasado...honor no es solamente tener el convencimiento interno de que se está haciendo lo correcto sino también que los demás vean” (Miguel, Joven estrato medio)
Leído desde aquí, el relato masculino tiene grietas. En primer lugar, es un privilegio injusto que evidencia la existencia de una sociedad donde la igualdad de oportunidades no pasa de ser una buena promesa; en segundo lugar, es aparente en la medida que los hombres no mandan tanto como aseguran los mensajes de la pedagogía del privilegio que reafirman la condición de género repitiendo el sermón de ‘tú eres rey’; el sujeto percibe la paradoja entre el dicho y el hecho, entre el mito del poder masculino y una realidad de predominio femenino –estamos hablando de la esfera doméstica-. En tercer lugar, la hombría es un sistema de autoobservación que garantiza la reproducción social. Esto, en la medida que la angustia de no ser hombre –o no ser el mejor de todos- es el motor eficiente del rendimiento funcional del varón, que sólo consolida su identidad a través del cumplimiento diligente de los mandatos culturales, que no son más que una forma de tomar el lugar correspondiente en alguna de las zonas de funcionamiento del sistema social. ¿Qué mejor forma de inscribir un rol en la subjetividad de un individuo que hacerle creer que su propio cumplimiento y el control del cumplimiento de sus pares le garantiza una identidad privilegiada?
“...estamos en una sociedad donde se privilegia la masculinidad...somos los que marchamos, nos condecoran...la ley nos favorece...<eso> no contribuye a la armonía que debería haber entre el hombre y la mujer, son complementarios y no uno superior al otro...de todos modos yo siempre he dependido de una mujer...afectivamente” (Miguel, Joven estrato medio)

“...el hombre se va haciendo por el mito que se traspasa de generación en generación, siempre lo encontré en mis tíos hombres o abuelos...mi abuelo era del sur, me enseñó a entender que es el hombre el que tiene que llevar los pantalones, el que tiene que responder, y yo siempre me he fijado que en el fondo es la mujer la que domina la situación...mi abuela era la encargada de la casa...<mi abuelo llevaba los pantalones> en la representación externa de la casa” (Miguel, Joven estrato medio)

“lo típico, el hombre es fuerte, no debe sentir, no debe expresar sentimientos, no llora, el hombre manda, no le interesan otras cosas más <que las> varoniles, mientras más mujeres tiene más hombre es, el hombre debe ganar la plata, mantiene a la familia, no debe cuidar a los hijos...ser un huevón entrador o simpático para demostrar poder estar sobre el resto” (Rodrigo, Joven estrato medio) 

LAS FISURAS DEL MODELO HEGEMÓNICO MASCULINO
“Un día/
Viví la ilusión de que ser hombre bastaría,
Que el mundo masculino me daría
/Todo lo que quisiese tener.

Y nada!.../
Mi lado femenino, que hasta entonces se escondía
Es la mitad mejor que traigo en mi ahora,
Y que me hace vivir

¡Ojalá algún día!/
Pudiese todo hombre comprender
Oh, madre, ojalá algún día,/Ser el verano o el apogeo
De la primavera/Y sólo por ella ser

Quién sabe?,/Tal vez el super-hombre venga
A restituirnos la gloria,/Cambiando, como un dios,
El curso de la historia/Por causa de la mujer ”

(Super-Homem(A Cançáo), Gilberto Gil)

¿Cuánto resiste el discurso ideológico de la masculinidad? Las fracturas que remecen la hombría parecen provenir de la gran grieta que la división sexual del trabajo impuso sobre la unidad del mundo, separándolo entre una esfera pública y otra privada. En lo público, la presencia cada vez más notoria de la mujer en el mundo del trabajo por sí misma provoca transformaciones en las relaciones sociales y las subjetividades sexuadas involucradas; a lo anterior, se suma la revalorización del código igualitario derivado de una paulatina democratización de nuestra sociedad. En el plano privado, los temblores se reflejan en el malestar que produce la disonancia privado/pública y las especializaciones viciosas propias del rol masculino (jerarquía, impugnación, insensibilidad). Sea que los varones sientan relativizado su rol de proveedor; sea que asuman el cambio en las relaciones de género como una amenaza a su identidad y a la continuidad de la familia; sea que asuman procesos profundos de cuestionamiento identitario y procuren recuperar el terreno perdido en lo público y lo privado a través de la búsqueda de relaciones igualitarias y del trabajo consciente sobre su afectividad, queremos relevar que el movimiento general de cuestionamiento del modelo tradicional constituye una realidad microsocial presente en la subjetividad de la totalidad de los varones consultados. Son (dependiendo de su orientación hacia los cambios culturales) los ataques sucesivos de inquietud y entusiasmo que irrumpen en la subjetividad del varón cuando se descubre sin discursos sólidos que lo amparen.
A continuación, revisaremos la retórica de este fraccionamiento en sus dos versiones: celebración y denuncia. Con el recurso grueso de las polaridades presentaremos las tendencias en pugna, que llamaremos ‘refundación conservadora’ y masculinidad pos-proveedor’, respectivamente.

La atenuación del mandato (percepción de rol)

La noción de ‘atenuación’ alude al proceso de transformaciones históricas y biográficas en virtud del cual los significados del mandato cultural de la hombría pierden su fuerza interpelativa sobre la subjetividad del varón. Sea en tono de entusiasmo o desencanto, los varones sugieren que el rol histórico y sus rasgos de especialización dejan de resonar o parecer tan evidentes. A partir de allí, se relativiza el significado de la hombría, se modifican sus referentes tradicionales, pierde su transparencia como ideología masculina, desnaturalizándose y haciéndose un discurso histórico que se ve cuestionado por la creciente importancia del código igualitario en las relaciones interpersonales. Se trata de un movimiento de contestación que dista de ser homogéneo en su profundidad y manifestaciones: en algunos casos, se mantiene la noción de privilegio pero se relativiza el mandato de importancia y la responsabilidad privativa de proveer el hogar. Como sea: lo masculino se hace subjetivo, individual, abierto a la experiencia de cada uno: puede que unos compartan y otros dominen. Cada uno elige sus cargas: la masculinidad hegemónica se debilita.

“...no sé lo que significa ser hombre, antes había más diferencia pero ahora no tengo que mantener a mi familia como era antes, es todo mucho más parejo. No soy tan importante, no hay una importancia vital en ser hombre, sino que como un complemento (...) la hombría, también es una cuestión cultural...ahora se da una tendencia a que sea más equitativo y no sé si eso le quita como hombría al hombre en ese sentido que debiera tener ciertas obligaciones o no, pero hombría es un término super subjetivo” (Rockford, Joven estrato medio)
En un mundo de microtecnologías como el que viven especialmente los sectores medios, que valora las habilidades racionales (inteligencia, flexibilidad) y expresivas del trabajo (intuición, calidad de la atención); en un mundo que dice privilegiar la hibridez y la integración de virtudes ¿dónde quedan las señas de identidad masculina? Pareciera que sólo permanece el dato básico del cuerpo y el resto se mezcla, suavizando los contornos de la identidad, aminorando las diferencias polares que exigía el modelo tradicional. Este movimiento de crítica reconoce cierta distancia de padres y abuelos respecto de los mandatos tradicionales. Es una generación que nos propone una masculinidad que, en la medida que se asume más lejos de modelos preestablecidos, se concibe como más reflexiva e interpreta el momento actual como de ‘relajo’ histórico, de relativismo de las formas y tradiciones conocidas y, por tanto, una ocasión propicia para la transición y la experimentación. Es la pugna por encajar un nuevo significado cultural de la hombría.
“...quizás desde que se dio vuelta del matriarcado al patriarcado...se empieza a definir una serie de roles que van asumiendo los hombres, desde el más guerrero hasta quizás el más intelectual y así, por lo menos en el ámbito occidental...pero yo creo que ahora esos roles están más mezclados, más se define hoy en día un hombre por su aspecto físico que por su rol, aunque este último sigue siendo importante, pero creo que va aminorándose” (Enrique, Adulto estrato medio)

“<soy> más libre en el sentido de más abierto a distintas tendencias, más tolerante, más crítico...distinto y con la capacidad de abstraerse un momento de que eres hombre o mujer y ver cómo va la huevá...un sentido de apertura que al final te lleva a la crítica y a la autocrítica” (Rodrigo, Joven estrato medio)

“mi vida está marcada por mi momento, quizás <mi padre y mi abuelo> fueron más varones en su tiempo de lo que yo soy en este tiempo, pero yo creo que no se si es más hombre, no se, ahí me enredo un poco, yo partí de la base de que uno está impregnado de un lado masculino y un lado femenino y en ese sentido quizás tengo más o soy más abierto a mi lado femenino que lo que pudieron haber sido ellos, quizás porque ahora yo manejo más esos conceptos que ellos lo deben haber manejado” (Enrique, Adulto estrato medio)

¿Cómo asumir las cuentas con el legado histórico de la masculinidad? Los intentos van desde recuperar los contenidos omitidos –nutricios, pasivos, ‘femeninos’- de la masculinidad, cuestionar los mandatos vigentes e incluso ir más allá: terminar con el complejo de la hombría y relevar el valor de las individualidades. Sin perjuicio de las particularidades, insistimos en que el sentido general del proceso apunta a profundizar la reflexividad de los varones sobre su propia condición. Esta sensibilidad es tributaria de la consolidación de los procesos de identidad que transcurren a medida que los sujetos se acercan a la treintena, culturalmente definida como la ‘edad del espejo’, y nos ofrece una bella definición contemporánea de la hombría que metafóricamente nos habla del proceso de construcción subjetiva a lo largo del ciclo de vida del varón: es el cambio que va desde una hombría confrontacional cuyo sello es enfrentarse a los demás, a una hombría reflexiva, que se enfrenta a sí misma y a sus preguntas pendientes. El varón deja de ser un extraño, un misterio para sí mismo, un mito vacuo que se llena desde fuera y emprende un proceso reflexivo de constitución de sujeto. Es un intento de anclar la hombría en otros referentes de logro y desechar su identificación con el privilegio.
“cuando chico definíamos la hombría como quien no arrancaba de las peleas, el que dominaba al resto y hoy creo que la definiría de otra forma, la valentía es la capacidad de encontrarse consigo mismo” (Miguel, Joven estrato medio)

“<Tienes alguna idea de lo que el hombre debe lograr en la vida>? ...a ver, plantar un árbol, escribir un libro y cuál es la otra?...hacer una casa, no me acuerdo. Creo que en primer lugar, sobrevivir, eso ya es un gran mérito pero no sobrevivir en lo biológico, asumiendo que esas cuestiones ya están saldadas...por una parte cultivarte en el más amplio sentido de la palabra, cultivar lo femenino, comprenderte a ti como un ser humano más, el lograr comprenderse y comprender tu propia historia, tu etapa, el momento que estás viviendo en la sociedad que estás viviendo también” (Nelson, Joven estrato medio)

La construcción de una hombría que pierde su anclaje exclusivo en el sexo

En uno de los momentos más críticos del discurso de los varones, la hombría deviene un concepto vacío, que se llena pretendiendo monopolizar rasgos positivos de la ciudadanía como son la lealtad y la responsabilidad. Hombría es decencia, personía  sin apellidos: ni sexo asociado ni una esencia definida a partir de lo que el varón hace (las funciones propias del varón son cada vez más relativizadas). Si bien la hombría continúa siendo la diferencia cultural derivada de los roles que nos toca asumir en tanto cuerpos sexuados y distintos –como la maternidad y la protección-, otros varones insisten en la necesidad de hablar de cualidades vinculadas sólo a la categoría de ‘persona’ como un modo de terminar con su tradicional adscripción a la esfera masculina. Sin duda, esta presión por nuevos lenguajes y definiciones expresa el encuentro de varones y mujeres en la esfera pública, que cede en su pretensión androcéntrica y se enriquece de contenidos híbridos, nombrados habitualmente como ciudadanía.

“La hombría...un concepto que creo que hay que tirarlo al tacho de la basura no más, más que hombría o no sé cómo se pudiera decir en el caso de las mujeres, lo importante es tener personas que sean...un gueón o la gueona que te va a cagar, que es envidioso, que es desleal, que es poco honrado, esa persona la puedo encontrar en hombres y mujeres” (Willy, Adulto estrato medio)

“la hombría es ser derecho...la hombría es tener palabra, pero eso también puede ser la mujer por eso son dos conceptos de hombría. Y la hombría está en asumir los roles que uno tiene... es muy difícil definir la hombría de hombre, no hombría en el término de adjetivo calificativo porque no tiene por qué tener diferencia con la mujer...yo claro, asumo que hombría es el hombre que va con una pareja y si la mujer lo insulta el tipo de enoja y él es el que se agarra a combos...pero creo que es por la condición física, la mujer tampoco se va a agarrar a combos, no debiera po' <¿Lo que señala la hombría debiera ser algo así como ‘personía’?> Claro, hombría pa' mi debería ser el concepto de una persona decente no más, una persona...de palabra, de confiar, de buenos ideales, buenos conceptos, pero no tanto hombría en si” (Emilio, Adulto estrato medio)

Esta nueva disposición se manifiesta especialmente frente a la pregunta por el momento de la hombría definitiva (“¿En qué momento te sentiste un hombre con todas las de la ley?”). La mayor parte de los varones de estrato medio tiende a desestimar el status de ‘hombre hecho y derecho’ para identificar el hito de madurez y prefieren construirla alrededor de la noción de “persona”, cuyas cualidades se expresan con independencia del sexo al que se adscriba el sujeto. Desde esta perspectiva, la construcción de la masculinidad total viene en la medida que el individuo es capaz de hacerse cargo de sí y de otro, pero esta plenitud del sujeto está disponible para hombre y mujer: es una cualidad atribuible al individuo más que al sexo, al sujeto autónomo más que la hombría. En ausencia de un lenguaje de la hibridez, provisoriamente nombraremos a esta cualidad como personía y al discurso que la nombra como masculinidad pos- proveedor, toda vez que su interrogación al mandato tradicional le lleva más allá de él.
“un hito clarísimo cuando sentí que me convertí en adulto pero ser adulto no es lo mismo que ser hombre...con la G. estábamos mochileando y a la flaca se le ocurre tener apendicitis y ella nos tenemos que hacer cargo de nuestras vidas y me tengo que hacer cargo de la vida de ella...desde ese momento sentí que era capaz de responder a muchos requerimientos, el que me pusieran por delante” (Nelson, Joven estrato medio)

“pa' mi hombre...no es tener relaciones sexuales...no me he sentido hombre, me he sentido persona... normal, común y silvestre, con logros personales, que no se distinguen por ser hombre o ser mujer” (Emilio, Adulto estrato medio)

Un nuevo diálogo con los límites del modelo

A medida que se erosionan las bases estructurales y culturales de la dominación masculina, esto es, la división sexual del trabajo y su modelo de roles complementarios que da sentido a una sociedad jerarquizada en torno al sexo- el antiguo caudal de prácticas y creencias que daban continuidad a la noción de lo masculino pierde su monolitismo y deviene un escenario en disputa que abre la posibilidad de interrogar las tradicionales definiciones del discurso masculino acerca de tópicos tan caros a su construcción de límites como son la homosexualidad, la relación con lo femenino y, a la larga, la propia concepción de lo masculino. El debate entre la refundación conservadora y la superación del modelo se expresa en posiciones diversas sobre el estatuto del varón homosexual, sobre la relación entre la subjetividad del varón y sus componentes omitidos como la pasividad y la afectividad y sobre la apertura hacia masculinidades que miran más allá del modelo existente -centrado en la figura del proveedor-. No se trata de un debate inventado, artificial, sino de un rasgo conflictivo que resuena en la subjetividad del varón, y viene a problematizar el sentido de identidad y las relaciones de género en el Chile finisecular.

a) La homosexualidad

Al interior del discurso masculino perviven nociones sobre la etiología de la homosexualidad que la asume como una aberración genética introducida artificialmente en el programa divino; esta sensibilidad se manifiesta ante un sujeto homosexual abstracto. Sin embargo, ante la posibilidad que una persona conocida les confiese su homosexualidad la tendencia pareciera ser la aceptación, como una forma de no traicionar los afectos construidos en torno a la amistas o el parentesco. Este es el máximo nivel de aceptación del discurso más conservador sobre la homosexualidad, pues a medida que los adultos populares abandonan su lugar de sujetos ya formados y se plantean desde el lugar de padres reales o potenciales, desarrollan un discurso de fobia que construye la figura del homosexual como ‘corruptor de menores’ y ‘pervertido sexual’.

“tal vez...metieron sustancias para cambiar al hombre, hacían estallar una bomba atómica y llamaban soldados y los hacían caminar pa’l estallido pa’saber qué reacciones tomaban...la homosexualidad es producto de experimentos...o bien que hayan llegado de otra galaxia y que haigan dejado esa...” (Vladimir, Adulto estrato popular)

“<¿Qué sucede si una persona cercana te confiesa su homosexualidad?> ...sería un golpe fuerte, duro...tendría que aceptarlo como si fuera mi hermano” (Vladimir, Adulto estrato popular)

“...existen 2 tipos de homosexuales, el pasivo y el activo, el que anda induciendo...el pervertido, no va conmigo; el que no molesta a nadie...puedo conversar con él, compartir con él, a lo mejor puedo ser amigo...pero eso sí, pasando esa raya el tipo conmigo no va, sobretodo si empieza involucrar gente joven” (Carlos, Adulto estrato popular)

En el mismo sentido se aprecia la relevancia que tiene el trabajo de género del padre y del grupo de pares sobre el niño, que le enseña los límites y el mandato de desprecio masculino por toda forma de ‘afeminamiento’, que niega el orgullo y la dignidad de ser un varón. En la medida que la asignación de valor cultural a las diferencias biológicas constituye el origen de esta ideología masculina, la noción de naturaleza cobra un papel central en el proceso de socialización masculina tradicional.
“...a Juan Gabriel me gustaba escucharlo nomás pero no verlo en la tele...muy afeminado y tenía miedo que mi hijo lo viera porque ellos están en un etapa de imitación...que lo podrían de repente...él sabía que era colisón porque los cabros en la escuela se lo dijeron y yo le dije, este gallo tiene modos afeminados y es hombre, usted va al baño y mea parado, la mujer orina sentada, usted es hombre siempre tiene que ser rudo, no llorar, ser fuerte, si a usted le pegan defiéndase, pero no ande buscando la camorra” (Vladimir, Adulto estrato popular)
A pesar de la pervivencia de estas visiones, entre los varones entrevistados el discurso sobre la homosexualidad tiende a ser dominado por una tendencia a la apertura, tributaria del proceso de secularización y globalización que envuelve a la cultura chilena. Entre los sujetos, la homosexualidad se juega su carta de ciudadanía en la medida que supera el discurso homofóbico y es asumida como un asunto de ‘los tiempos’, como expresión de un discurso sobre el gusto personal y el respeto a la diversidad o a través de la noción de persona homosexual, que es la proyección del varón gay como un sujeto sensible, afincado en un modelo de pareja estable, es decir, normalizado. Pero bastante lejos de sus hijos varones.
“...me choca pero como está tan de moda la cuestión como que uno se va acostumbrando” (Vladimir, Adulto estrato popular); “es un tema que con el que vivimos y vamos a vivir siempre” (Carlos, Adulto estrato popular)
En el extremo de esta sensibilidad, existe un discurso subverso sobre la homosexualidad que desde un tono contracultural, interroga la validez del orden patriarcal y su demanda de heterosexualidad como única vía para conseguir identidades legítimas. Bajo la noción de ‘sociedad represora’, los sujetos de este discurso se identifican con el varón homosexual en tanto portadores de masculinidades diversas que el modelo hegemónico presiona por ‘normalizar’. De hecho, el sujeto homosexual aparece integrado en la categoría ‘persona humana’ que alude a la equivalencia básica, al respeto por la diversidad de formas del ser, y a la demanda por una sociedad capaz de articular la convivencia de identidades plurales, más preocupada de integrar que de clasificar.
“es una determinada forma del sujeto, que se siente físicamente, psicológicamente, afectivamente y de todas las formas posibles atraído por sujetos de su mismo sexo, es una forma de expresión más sobre la cual pesa un estigma super fuerte, homofóbico, de una sociedad represora” (Nelson, Joven estrato medio)

“más que un concepto, un homosexual, un heterosexual, un bisexual es una persona y nos interesa eso, una persona integrada en una familia, en un país...lo otro es el estereotipo, algo para clasificar” (Willy, Adulto estrato medio)

b) Las cuentas con lo femenino (recordar lo olvidado)

Al calor de la dialéctica de presencias y ausencias que conforma la identidad masculina, el varón aprendió que debía nombrar todo rasgo afectivo, delicado, pasivo, como cualidades femeninas y al asomo de estos rasgos como el anuncio de homosexualidad. Esto se traduce en un sistema intersubjetivo de observación y autoobservación que regula, la presentación de la persona en el mundo-de-todos-los-días. En el juego de espejos de las identidades tradicionales, un hombre se sienta con las piernas abiertas, debe hablar duro, tiene derecho a usar malas palabras; debe tomar la iniciativa sin depender de nadie; debe saber desprenderse de sus emociones; debe proteger; debe... en fin.

Una mirada más inquisidora sobre la vivencia cotidiana de los varones en su relación con las mujeres descubrirá que buena parte de ellos se mece al vaivén de una dependencia que en ocasiones, recuerda el binomio madre-hijo. Esta relación ambigua de dominación y dependencia del varón respecto de la mujer se omite del discurso a través de las negaciones que, como nos recuerda Badinter (1993), constituyen la identidad masculina. Nos referimos en particular a las que identifican relaciones de dependencia (“no soy un niño”) y sumisión (“no soy una mujer”), en la medida que ambas refieren de común al vínculo con lo femenino.

La demanda de negación dimanada del modelo de roles complementarios viene a ser relativizada o conflictuada por la tendencia de las transformaciones en la subjetividad, las relaciones sociales y familiares, los nuevos modelos de vida que revalorizan y pugnan por integrar los rasgos de personalidad tradicionalmente omitidos y vinculados a lo privado, es decir, a lo femenino: sensibilidad, intuición, capacidad de expresar afecto y emociones, ternura, cercanía con los niños. Es lo que se ha dado en llamar el movimiento de “abandono de la coraza”, a partir del cual los varones inician procesos de cuestionamiento que les llevan a asumir sus insuficiencias y esforzarse por tratar de corregirlas, en un intento de recuperar el tiempo perdido. Al mismo tiempo, es una disposición a experimentar versiones de lo masculino y la creación de un espacio de convivencia donde concurren distintas variantes de la sociabilidad masculina.

“Estoy aprendiendo a expresarme porque nunca he sido bueno...mediante un trabajo personal y con un amigo que es justo al revés que yo...quiero aprender su espontaneidad y su forma de expresar las cosas y él quiere aprender mi metodismo y mi planificación” (Enrique, Adulto estrato medio)

“...el hombre puede demostrar sentimientos, puede ser débil, puede ser suave también y sin perder su parte masculina, su parte varonil...mis amigos son bastante femeninos, mi mejor amigo es suave, como super cariñoso, amanerado, super físico, super tierno...hay otros también que son onda abacanados, amachados, super rudos, como que responden más” (Rodrigo, Joven estrato medio)

Entre los adultos de clase media existe consciencia de que un varón se forma a partir de un trabajo de género, esto es, un proceso de construcción social de la masculinidad al calor del cual recibe o ‘asimila’ los contenidos propios del modelo hegemónico. Para ellos, la demanda de cambios en la subjetividad se vive en relación al prefijo “Re”: reemprender, reconstruir, redescubrir, rasgos que manifiestan una disposición positiva al cambio que introduce un quiebre biográfico en la construcción de lo masculino y que revaloriza ámbitos de conducta que el cumplimiento del rol social masculino negaba, como una forma de aspirar a un ideal de completitud, de integralidad. Como bien define un entrevistado, es un trabajo contra la ‘momificación’, esa rigidez frecuente en el andamiaje subjetivo del varón. Al mismo tiempo, es un trabajo contra los límites de la expresión legítima de afecto entre varones, cuyo modelo tradicional recuerda la costumbre griega que exigía terminar la relación pedagógica entre un hombre mayor y uno menor al primer asomo de barba adolescente.
“...uno nace con el cuerpo pero uno se hace, no sé si es hombre o mujer, uno se hace persona, y aspiro a que uno cada vez también pueda descubrir más su integralidad, o sea sus aspectos más femeninos también, creo que uno los tiene, a lo mejor tendríamos una relación más armoniosa incluso con las mujeres, muchas veces creerse el cuento del hombre cierra muchas posibilidades de...tener una relación más emocional con tu entorno, el crecer, eso lo lamento <estoy> tratando...darme esa tarea de redescubrir la emocionalidad, tu parte más sentimental es también una parte importante de tu constitución ...me da lata que todavía uno se estructura, se momifica un poco en el cuento de lo racional, que todo tiene que pasar por lo intelectual, y uno racionaliza caleta <mucho>y veces no se da esos tiempos para ser más emocional...creo que podemos formar hombres de otro tipo” (Willy, Adulto estrato medio)

“...eso sí que revela un cambio que los papás jueguen con los niños, que se besen, incluso con niños más crecidos...otro cuento son los casados viejos, ellos besaban a sus hijos hasta cierta edad, cuando los niños empezaban a parecerse a hombres ya no los besaban” (Nelson, Joven estrato medio)

En este proceso de búsqueda emprendido por algunos varones, lo femenino aparece como una construcción valorada, cuya retórica invierte el argumento que hacía de la mujer un ser incompleto y traslada al varón el sentimiento de castración afectiva. De esta forma, lo femenino aparece como un principio de vida y una renovada fuente de inspiración. Lo femenino es ‘lo otro’ que seduce, lo negado que quiere aflorar. Con todo, esta visión mantiene lo fundamental del estereotipo femenino: su lejanía de la razón, su cercanía a la intuición.
“Lo femenino...tiene una relación con el mundo... menos lineal,...es capaz de visualizar otros aspectos en su contacto con el mundo, es más intuitivo...lo masculino está un poco más puesto en la norma, en el concepto...lo otro sobrepasa eso, es capaz de mirar un poco más allá de eso o por dentro de eso, establece una relación más sensitiva...se relaciona con la tierra, las emociones, la vida, las plantas, lo estético, lo hermoso, el buen gusto, el afecto, el cariño” (Willy, Adulto estrato medio)
¿A partir de qué momento lo femenino ha dominado cualidades como lo estético, lo hermoso, lo plástico, que antaño eran asociadas al principio masculino-apolíneo? Pareciera que Apolo renegó de sí mismo en la medida que aprendió a nombrar sus cualidades como femeninas. Tal vez por eso los varones hablan de recuperar su lado femenino sin referirse a una cualidad que deben construir, sino como el recuerdo de algo que se perdió.

c) Aperturas hacia “otra” hombría: los puntos de fuga del modelo tradicional

“...el hombre casado joven, promedio de 25 a 35 años es un cabro más dúctil al tema de la casa, su pareja tiende a estar más vinculada al mundo laboral, igual no es tan idílica la cosa...el rol doméstico lo siguen asumiendo muy fuertemente las mujeres...ahora, sí existe una mayor vinculación. El otro día me dio gusto, vi a dos cabros...ambos iban con guaguas ¡y solos!... arreglárselas pa’tomar el colectivo” (Nelson, Joven estrato medio)
Las fuerzas que presionan contra la continuidad del modelo masculino tradicional parecen provenir de dos fuentes: en el plano íntimo, de un recuerdo donde rondan imágenes de dominio, sumisión y postergación de las mujeres queridas (especialmente abuelas y madres). Es una historia que no se quiere repetir, cuyo espíritu se refleja en la idea ‘yo no quiero ser como’, que resume la visión histórica del dominio masculino sobre los seres queridos y proyecta la alternativa de un modelo subverso de masculinidad afincado en un discurso sobre las dimensiones del ser, en un intento de ‘otra’ ontología, que prescinde de la identidad sexual y asume la masculinidad existente como una completitud negada. Esta disposición se expresa en un trabajo subversivo de género, autoreflexivo: una vigilancia de sí. En el plano de las relaciones sociales, transformaciones culturales como la difusión de códigos igualitarios de conducta y la revalorización de la democracia, entre otras, representan fuerzas que presionan por transformar el sistema de sexo-género hacia estilos más horizontales de convivencia y masculinidades menos ansiosas de cumplir con lo tradicional.
“siempre aprecié desde chico con muy malos ojos todas las relaciones que podían ser opresoras...me sigo identificando con el más débil...el tema femenino siempre me pareció un grupo oprimido...desde probablemente la visión de mi mamá también...me parecía que los hombres eran brutos, entonces yo como hombre asumía que no quería ser bruto pero no por ello dejar de ser hombre...” (Nelson, Joven estrato medio)
Lo que se abre paso es una construcción distinta de la subjetividad, que tiende a relativizar la importancia asignada a la identidad sexual y la proyección cultural de la diferencia que emana de ella: somos diferentes porque en determinados momentos debemos enfrentar realidades diferentes a partir de nuestra condición de seres sexuados, pero ello no quiere decir que seamos diferentes todo el tiempo: son sólo facetas de un ser que es igual para todos. Se trata de una reflexividad que imagina mundos posibles y, en esa medida, opera como potencial de subversión que propone mundos donde todo sentido de pertenencia e identidad son definidos como humanidad. El resto, la asignación de valor cultural y privilegios a partir de diferencias genéricas, raciales, de clase, no son sino cuentos, ideología mañosa.
“hay un cuento masculino con el que no comulgo...ser hombre o mujer implica diferencias biológicas que van a tener un correlato social...por muy empáticos que queramos ser no vamos a andar con el cuento de la toalla higiénica <pero> de ahí a que por esa razón hombres y mujeres deban lavar platos o deban trabajar es un salto sin ninguna conexión ...la igualdad pa’mi, es un tema trascendente en relación con lo que es ser hombre, ser hombre es ser humano” (Nelson, Joven estrato medio)
A partir de este cuestionamiento, la hombría presiona por abrirse hacia otros contenidos, acercándose a la ‘hombría reconciliada’ de la que habla Elisabeth Badinter. Es una opción por la plasticidad como una forma de enriquecer la vida, que asume los contenidos del ser como circunstanciales, en un intento de hombría que ya no se ancla en una determinada forma de ser o actuar y fluye a su gusto entre las posibilidades de la existencia. Como forma de superar la dicotomía masculino-femenino, algunos inyectan nuevos contenidos a su hombría; otros insisten en la hibridez de la ‘personía’. De conjunto, todos miran más allá de lo existente, hacia otro anclaje de la hombría, que quiere hablar de plenitud, de la capacidad de enfrentar y dar, de sostener y proteger. Una hombría que se reconcilia con sus componentes nutricios y que nutre su hombría rescatando, reafirmando o integrando nuevas cualidades.
“...hay cosas que igual ayudan: entereza, solidez, dureza, a veces son necesarias, pero me gustaría que fuéramos más complementarios, que en los momentos que pudiéramos ser duros, ser duro y en los momentos que tengamos que ser más sensibles, también serlo porque eso tenemos que sacarlo fuera porque lo tenemos, ser más sensibles, más intuitivos, más lúdicos, más sensuales, eso haría las cosas más interesantes, más entretenidas” (Willy, Adulto estrato medio)

“...lo definiría distinto de la virilidad, pa' mi la hombría es alguien que se enfrenta a la vida tal como es ella y es capaz de asumir con humildad, con responsabilidad, con compromiso la vida...ser justo también es un rasgo de hombría, ser capaz de acoger a una persona también, no lo veo como la imagen del superhombre...lo veo como una cuestión mucho más profunda y por eso que quizás, si soy capaz de ser un buen padre, de ofrecerle mi cariño abiertamente a mi hija, a mi esposa, el amar mi mundo, mi casa, el ser...pa' mi es un rasgo de hombría” (Pato, Adulto estrato medio)

“sensibilidad, comprensión, reciprocidad, equilibrios y el diálogo también” (Nelson, Joven estrato medio); “Ser atento, ser hospitalario, ser solidario, ser receptivo también, valiente, audaz digamos, tranquilo también, ojalá visionario y muy respetuoso” (Enrique, Adulto estrato medio)

Hombres y mujeres en una sociedad que cambia
“<¿Crees que hay un cambio con las mujeres de los 90’?> Sí, pero no es un cambio...la mujer trata de acercarse más al hombre, el hombre trata de acercarse más a la mujer y el acercamiento al cual llegan es más cercano a la mujer...la mujer trata de parecerse más al hombre que el hombre a la mujer” (Rodrigo, Joven estrato medio)
Entre los varones entrevistados, existe una percepción general de cambio en las identidades de género cuya dirección presiona por modificar las relaciones al interior de la familia y también en la esfera pública. En este escenario, las formas tradicionales de entender a hombres y mujeres y sus relacionamientos se ven resentidas por una proliferación de excepciones y micro transgresiones de la convención. Entre las subjetividades masculinas cercanas a la refundación conservadora, algunos denuncian los peligros que el cambio puede acarrear para la continuidad de instituciones sociales como la familia y por la posibilidad de perder el sentido claro de identidad social que el sistema proporciona a hombres y mujeres. Otras sensibilidades más próximas a superar el complejo del proveedor y que aspiran a identidades más plásticas e integradas, miran con agrado la mayor apertura y la flexibilidad que parece tendenciar el sentido de las transformaciones.

Más allá del ángulo con que se mida los cambios, lo que resuena es su centralidad para la continuidad del sistema de sexo-género. Los sujetos están conscientes de vivir un momento determinante, se sienten espectadores de cambios que se inscriben entre dos generaciones; este rasgo adquiere particular relieve en la generación de hombres de treinta años, marcada en su infancia por el golpe militar del año 1973. Una generación obligada a arrancar ciertas páginas de sus libros de estudio, compelida a marchar en una dirección única. Las palabras dichas por los mismos sujetos transformados en adultos, nos sugieren que por propia voluntad algunos, por fuerza del cariño otros, optan por arrancar otras páginas –esta vez, realmente sin valor-, y transitan nuevos caminos, esta vez múltiples, a la búsqueda de otras posibilidades para el ser. A continuación, revisaremos los pormenores del discurso social sobre el cambio en las relaciones de género.

El consenso individual y grupal apunta a identificar a la mujer con el polo dinámico del cambio cultural en curso; en contrapartida, el varón pareciera tomar conocimiento de los cambios desde una posición forzada, incómoda, anquilosada. Lo anterior, sin desmedro de sensibilidades que procuran ponerse a la altura de los cambios que la construcción de una nueva alianza de género demanda. A medida que la esfera pública se fragmenta y relevan su importancia las esferas privada e íntima, aspectos que la cultura hegemónica define como ‘feminizados’ –por ejemplo, la gestión de los afectos- refuerzan su importancia y reafirman el status de las mujeres, que aparecen como dueñas de estas esferas. Con todo, no dejamos de notar que ésta constituye una forma tradicional de valorizar los cambios sociales: en la medida que la cultura masculina hegemónica otorga mayor importancia a la esfera pública, se valoran más los avances de la mujer en éste ámbito que la mayor implicación del varón en los asuntos de la esfera privada.

a) La virtud del cambio

Como se ha señalado, la generación de varones de treinta años testifica el cambio en el status social de la mujer y, con menor o mayor conflicto, tiende a negociar con sus parejas y sus compañeras de trabajo la construcción de un ordenamiento no sexista de los asuntos privados y públicos. Desde una perspectiva que se instala de lleno en el rumbo de los cambios, la gran transformación se define como una apertura hacia mayores espacios de participación que redundarán en un aumento de la densidad y el disfrute en las relaciones interpersonales; esta sensibilidad subraya el carácter de personas de los hombres y mujeres involucrados en relaciones de cooperación y conflicto. Estaríamos ante el asomo de mujeres más integradas y en búsqueda; de hombres más libres; de nuevas formas de familia.

“...me tocó ver directamente el cambio generacional, mirai desde tu mamá y tus abuelas la forma de vida que tenían y de ahí pa'bajo tus hermanas o tus parejas, hubo un cambio que es justo en la generación nuestra...a eso es lo que yo llamo la mujer de hoy, con una búsqueda incansable...en el ámbito laboral, interesante” (Pablo, Adulto estrato medio)

“hay una participación mayor en cosas que estaban vetadas para uno o pa' otro, hay mayor flexibilidad en la relación de pareja...los roles preestablecidos se han ido soltando y ha permitido que las personas como personas también interactúen más, se conozcan, se disfruten...y por cuestiones macrosociales hay una necesidad de que crecientemente más gente participe en labores productivas y eso ha llevado a que la mujer entre a trabajar y eso ha modificado la familia. Osea hay una serie de transformaciones también de ese estilo” (Willy, Adulto estrato medio)

La participación en la esfera pública es un rito de la modernidad que para algunos varones pasa a ser un parámetro de evaluación de las personas; de hecho, algunos adultos diferencian entre las mujeres que trabajan y las que no trabajan, vinculando las mentalidades con sus condiciones sociales de existencia, lejos de cualquier alusión a ‘esencias’ venusianas o marcianas. La fuente principal que alimenta la percepción de cambios proviene de la esfera pública. Para los varones populares, los cambios en el status laboral de la mujer constituyen una nueva realidad que apunta hacia la nivelación de oportunidades, al menos desde el punto de vista de la capacidad para el desempeño de ciertos oficios.
“...yo divido a las mujeres entre las que trabajan y las que no trabajan...me refiero que trabajan pa' comer, no las que trabajan pa' comprarse crema, o sea la mujer que le cuesta, se pone más práctica, más dura, adquiere más personalidad” (Emilio, Adulto estrato medio)

“hasta ahora, todas las cosas que hace el hombre las está haciendo las mujer...todos tenemos los mismos derechos” (Kurt, Joven estrato popular); “todas las actividades son propias de los dos...yo soy jefe de obra, la mujer también puede ser jefe de obra, una mujer abogado, el hombre también puede ser abogado...a lo mejor les cuesta más salir a las mujeres pero yo creo que si se proponen hacerlo igual lo hacen” (Fernando, Adulto estrato popular)

b) Las limitaciones del cambio

Con todo, el proceso de transformación del sistema de relaciones de género es un proceso que no está exento de regresiones y escepticismos. A nivel de la pareja, estas sensibilidades afirman que en lo fundamental se mantiene la organización jerárquica de roles complementarios, donde la mujer gestiona el conjunto de los asuntos domésticos y en virtud de ello ejerce un poder sobre el varón, que se muestra plenamente dependiente de la mujer. El proceso alternativo, que intenta compartir roles, no es fácil ni fluido, tiene contratiempos, regresiones. En las parejas de profesionales, el arreglo de las tareas domésticas generalmente se consigue a través de la externalización de la mano de obra femenina, esto es, contratando una mujer para las tareas de aseo. De esta forma, la continuidad del ordenamiento de género en lo macro permite otro ordenamiento en lo micro.

Para otros varones, el sentido de la dominación se invisibiliza. Para ellos, el asunto del machismo es un problema de otros varones que se sienten superiores, que no son capaces de asumir las relaciones en su ‘naturalidad’ –por más que ésta legitime relaciones de dominio en la transparencia de lo cotidiano. Entre los varones populares, esta postura se manifiesta afirmando que las condiciones de desarrollo alcanzadas por la mujer se deben únicamente a su escasa voluntad de surgir .

“<¿cómo te sientes frente a esta tendencia a abrir una cosa más equitativa?> Me da lo mismo, no me afecta, no me siento superior, no debo hacer nada por las mujeres ni ellas por mi, no hay condición de superioridad ni de inferioridad, hay una convivencia que puede ser natural... si se da que en forma natural hay cierta superioridad...como protección de uno...no es algo más o menos consciente que funcione así” (Rockford, Joven estrato medio)

“sí, puede trabajar, si ellas además se pueden desarrollar, lo que pasa es que ellas se quedan, ellas no luchan por ellas, ellas se quedan más en el amor; uno no...por último, ella va a tener un hijo y va a tener que criarlo y ahí va a morir ella; pero si ella pensara más audaz, no sé ... ella trabajaría, va a la guerra” (Perico, Adulto estrato popular)

Estas opiniones reflejan el obstáculo mayor del cambio en las relaciones de género: la incapacidad de los varones para cuestionar lo cotidiano. Toda vez que el modelo hegemónico de la masculinidad les exige excluirse de la gestión de los asuntos domésticos, los varones pierden o no desarrollan la capacidad de hacerse consciente de las condiciones del dominio, por lo que las relaciones de género quedan fuera del ámbito de la intención y, por lo tanto, de lo problematizable, de aquello que exige una acción reflexiva, consciente. Se entiende en toda su justeza el dicho de Lennon: “la vida es lo que te ocurre mientras estás haciendo otras cosas”. Esas ‘otras cosas’ no son más que el desempeño en la esfera pública que, paradójicamente, aleja de la vida cotidiana y la participación comunitaria, cuya gestión el hombre cede a favor de la mujer. Este discurso converge con aquel que demanda límites a lo que se ha llamado ‘masculinización de la mujer’, esto es, su acceso a ocupaciones tradicionalmente consideradas masculinas. Existe una fuerte demanda por mantener, al menos en la apariencia, el estereotipo de la mujer delicada, exigencia que se complementa con el agrado de la mujer masculina-asertiva (cuyo deseo responde a un afán transgresor, excepcional). Es el complejo diálogo de identidades al interior de la dialéctica igualdad diferencia.

c) El paso hacia otro ordenamiento en la pareja

Entre los hombres adultos existe una sensibilidad más avanzada, que asume que el esfuerzo por construir una relación distinta requiere un trabajo de género que implica una mayor reflexividad sobre la propia experiencia, que incluye una revisión crítica del legado machista del padre. Es otra forma de construir relaciones con la mujer donde el varón deja de administrar la vida de su pareja y los espacios que ésta puede alcanzar para asumirla como otro-ante-sí, un sujeto de iguales derechos.

“...he tratado de extraer lo bueno de mi abuelo y de mi padre...mi papá es machista 100%, a uno lo educan así pero he tratado de no ser tan machista 100%, me he obligado a mi mismo a entender, a tratar de comprender a la otra...persona que está al frente, a dar las libertades o que pueda tomar su libertad y que son propias de ellas, no dársela...” (Emilio, Adulto estrato medio)
Algo se derrumba dentro de cada hombre y es la conexión entre el rol de proveedor y el orgullo de ser varón, piedra angular de la identidad masculina tradicional. En la medida que la función proveedora se des-sexualiza, queda como lo que realmente es: una responsabilidad a cumplir de modo compartido por los dos integrantes del proyecto de pareja. Esta es una construcción instituyente de la identidad masculina que propugna una percepción dinámica de los roles al interior de la pareja y la familia.
“¿Qué significa ser hombre? ...restos de machismos...tener una serie de responsabilidades, que están impuestas, ser responsable de la casa en la parte económica, el mayor peso...tener ciertas preocupaciones que a la mujer no le corresponden entre comillas, ahora, para mi hoy día creo que le corresponden al hombre y a la mujer las dos cosas, le corresponde hacer todo, ser hombre hoy día significa asumir las cosas que uno quiere asumir, ser hombre y mujer no hay tanta diferencia” (Emilio, Adulto estrato medio)
En su construcción de la pareja, este discurso pone el acento en la noción de ‘espacio de desarrollo’, que permite el potenciamiento de las personas involucradas en la relación. En desmedro del modelo observado en los padres, por lo general construido a partir de la autolimitación de sus madres a favor de la gestión del hogar y de sus padres a favor de la proveeduría, se demandan vínculos más integrales, capaces de contener proyectos compartidos, espacios individuales de desarrollo y una relación constructiva con el entorno, que no encierre a la pareja en sí misma, en una formulación cercana a la noción de ‘relación pura’ propuesta por Giddens (1995).
“<¿cómo ves tu proyecto de pareja?> ...tiene una base fundamental que es la articulación super explícita de una construcción en común que contempla los espacios individuales también, el tema de los márgenes, la tolerancia, la individualidad” (Nelson, Joven estrato medio)
Bajo esta perspectiva, el hogar es una tarea compartida que tiene como fundamento una voluntad de reparto equitativo del ingreso familiar y la capacidad de aceptar incluso un aporte mayor de la mujer. Especialmente entre los hombres de sectores medios, se tiende al desvanecimiento de la exclusividad del rol de proveedor: de hecho, una parte importante de los varones manifiesta disposición o ha tenido la experiencia de vivir con una mujer que ganaba más que ellos.

d) La refundación conservadora y su crítica frontal de la liberación femenina

Sólo un varón de todos los entrevistados emprendió una franca crítica de lo que llamó la ‘liberación femenina’. Amparado en valores religiosos, el sujeto del discurso cuestiona el avance de la mujer en la esfera pública por representar un quiebre que amenaza con destruir la familia, último signo visible de comunidad. Desde una crítica de la modernidad compulsiva entendida como opción por el consumismo, pérdida de sentido, agresividad urbana, indiferencia e individualismo , el discurso se planta contra la salida de la mujer al mundo del trabajo que, a su juicio, rompe los vínculos familiares, dejando el hogar vacío y los hijos a la deriva. En la medida que identifica la eventual disolución de la familia con la ruptura definitiva del lazo social, el discurso establece una relación metafórica entre familia y sociedad como la sugerida por la teoría del dominó social : si cae la base, caerá el todo.

“...nosotros necesitamos vivir más en comunidad, no en sociedad...eso lo palpo diariamente en mi trabajo...nos hace falta comunicación tú tienes que sembrar para cosechar bueno después...eso la gente lo ha perdido, la gente está preocupada de salvarse ellos nomás, no están ni ahí con un negocio fraudulento y quieren sacar provecho del árbol caído...ahora, pienso que la liberación femenina está mal llevada en nosotros porque mira...yo creo en Dios y si partiéramos de la base de que si Dios creó el mundo, el universo y le dijo a la mujer ‘parirás con el sudor de tu frente y tú por haberte dejado llevar te ganarás el pan con el sudor de tu frente’...¿qué quiso decir el creador?, significa que ella va a sufrir, va a sentir el impacto y después va a tener que dedicarse a sus hijos...educarlos, enseñarle buenas costumbres, buenos modales, respeto...y que la mujer esté preocupada de esa criatura, que se vaya haciendo persona buena para la sociedad...y el hombre preocupado de esa familia que tiene ahí, ir a trabajar, traer el sustento diario para su casa, preocuparse de que todo marche ordenadamente y el hombre en su rol y la mujer en su rol. Sin ir más lejos vamos a la naturaleza del profesor Rossa, ahí tenemos tantos ejemplos que muchas veces...los cachorros quedan solos cuando ven que han cumplido su etapa de aprendizaje, de estar...aptos pa’estar solo...eso nosotros no lo tenemos, la liberación femenina que cree que es eso, quiere ser igual que el hombre...quiere trabajar en la locomoción colectiva, que tiene que ser ingeniero pero al conseguir todas esas metas se van saltando muchos peldaños... porque hoy en día la familia chilena está tan preocupada de conseguir algo material que se despreocupa si el hijo está siendo bien educado o no...va a trabajar el marido, va a trabajar la señora, llegan a la casa a distintas horas y se dan cuenta que...los niños los cuidó la nana, ¿la nana qué se va a preocupar ¿ no se va a preocupar de enseñarle, ‘llegó una señora a su casa usted debe saludarla, usted debe respetarla’...<el niño> va a andar siempre con problemas, va a andar con prepotencia, quién le va a enseñar esas cosas al niño? La nana no se las enseña...¿y el televisor qué le está enseñando? Pura violencia...por eso está mal llevado, pienso que todo debería llevar un orden, está bien la liberación femenina, pero la liberación que tenga la mujer en su rol de educadora con los hijos, que es una labor mucho más importante, yo pienso que una mujer que eduque bien a sus hijos va a ser mucho más importante que esa doctora porque esa doctora va a estar sanando, tal vez a un niño que lo acuchillaron o un asalto...cosas que a lo mejor ella como mamá hubiera educado bien a sus hijos... no cometerían destrozos <Entrevistador: ¿es mejor prevenir que lamentar?> Exactamente, porque la base de una buena sociedad digamos es la familia...y para eso la mujer cumple el rol como de educadora...en el manual de Carreño decía que siempre detrás de un gran hombre hay una gran mujer y es verdad, y es verdad” (Vladimir, Adulto estrato popular)
A nuestro juicio, esta postura desarrolla un discurso macizo sobre la sociedad, la familia y la condición del varón y la mujer dentro de la sociedad. En esencia, constituye una reacción ante las tendencias secularizadoras de la modernización que llamaremos refundación conservadora, en la medida que intenta reponer en toda su extensión el modelo de roles complementarios, que ha dado continuidad al sentido de identidad genérica y al funcionamiento de la sociedad durante la mayor parte del siglo. Pero hay una paradoja: es un discurso contracultural cuando se refiere al fundamento de la sociedad de consumo y, al mismo tiempo, es una sensibilidad profundamente conservadora al evaluar los cambios en la subjetividad, especialmente la femenina. Al definir el rol de la mujer, el hablante enfatiza menos lo doméstico que la socialización o transmisión de la cultura cívica hacia los hijos. Frente a éste, el rol del varón toma forma alrededor de la noción de jefe de familia, cuya misión consiste en acompañar y supervisar este proceso, en un ordenamiento familiar que fuera mencionado al principio cuando los sujetos recordaron el modelo de familia observado en sus padres –hombre como titular del hogar, que ordena los asuntos, y mujer como poder delegado, que ejecuta-. Desde este punto de vista, la complementariedad es un sistema total de reciprocidades donde el varón se mantiene en su rol proveedor y la mujer administra el hogar y le mantiene informado del desarrollo y las necesidades de sus hijos.
“<el hombre debe estar> En el rol del hombre, trabajar, el sustento para su casa, sacar a sus hijos a pasear, salir con su señora, disfrutar de las cosas que entrega la vida, pero juntos, la mujer que trabaja puede que tenga vacaciones en Febrero y el hombre que trabaja las tiene en Enero y nunca hay una relación conjunta, nunca, por qué‚ razón, porque la mujer llegó cansada, por eso llegó cansada, media vuelta y chao! ... a veces llego y mi señora me está contando ‘fíjate que esto, esto y esto otro’, me entiendes? Y cuando la mujer trabaja ¿quién le cuenta al varón de los logros de los niños?, o qué le falta al niño, o en qué topa el niño, quién, quién, quién le dice eso, no lo dice nadie...por eso creo que esta sociedad está criando mal de las raíces, de la familia” (Vladimir, Adulto estrato popular)
Mirado a partir de su propuesta de sociedad y familia, el discurso recupera la invocación religiosa pentecostal a salir del mundo y fundar micro-comunidades que se brinden como espacios de continuidad para relaciones humanas fundadas en la decencia y el respeto. No es más que un retorno en lo micro al ordenamiento genérico que emanaba de las políticas sociales del joven Estado de Bienestar y que se expresaba, por ejemplo, en el salario familiar .
“...las mujeres agarraron papa y dejaron de lado lo más lindo que deberían hacer que es preocuparse de su familia y si hubiese sido al revés, que hubiesen estimulado a la mujer a ser dueña de casa...con atenciones dentales gratuitas...que el Estado les de...cosa que la mujer se sienta bien en su trabajo que está haciendo en la casa, que es importantísimo...pero que se sienta...realizada en su trabajo, serían mucho menos mujeres que estarían trabajando, hoy en día, un sueldo digno pa’una familia en estos momentos son $500000 más menos ¿Qué pasa? Que las familias chilenas trabajan ambos para bordear los $500000 ...lo que pasa es que están trabajando por algo material, que en el fondo no les va a dar buenos dividendos futuros porque ...claro...van a tener plata para hacer un hijo ingeniero pero ese hijo no les va a guardar ningún cariño pa’l momento de los qui’hubos cuando tenga que retribuir... Ahora, se ha dicho mucho que la máquina le ha quitado pega al hombre, pa’hacer un hoyo se necesitaban 300 operarios, ahora no po’ una máquina ruumm! Y listo cierto? Y la mujer también le ha quitado poder laboral al hombre, porque esa mujer trabaja para poder ganar un sueldo más o menos digno para vivir, pero esa mujer qué está haciendo? Está trabajando en una oficina de secretaria, le está quitando el puesto a un jefe de hogar que puede ser secretario...me entiendes?" (Vladimir, Adulto estrato popular)
Una pregunta obligada: el varón de este discurso ¿se siente machista? El sujeto responde negativamente, situando el machismo como una imposición contra la voluntad de la mujer que en el fondo no es necesaria, puesto que si las agencias correspondientes se preocuparan de hacer atractivo el rol natural de la mujer, ésta no haría más que tomarlo como su parte en la realización del programa divino. En contrapartida, la mujer ha tratado de igualarse al hombre en la peor de sus formas: saliendo a lo público, empapándose de grosería. Hombres y mujeres se encuentran en una sociedad donde se ha perdido el respeto.
“<Te sientes machista?> No. <Cómo definirías el machismo?> Como...querer someter ...‘tú te me encierras aquí!, aquí! Y de aquí no te mueves!’, encerrar a la mujer pa’conveniencia propia...y no poh, no lo veo así....si a la mujer se le hiciera propagada, que se sintiera confortable en su hogar la mujer sería más hogareña, no le quitaría un espacio al hombre <crees que el machismo está quedando atrás?> Creo que sí, el machismo ha ido quedando atrás porque la mujer se lo ha ido ganando poquito a poco...la mujer perdió su respeto ante el hombre, porque ahora un hombre no está ni ahí con darle el asiento o no... La mujer ha perdido el respeto, antes veíamos a la mujer como un vaso de cristal que hay que cuidarlo, porque a la más mínima se puede quebrar, ahora no, que ‘¡anda a la conchesumadre...!’ por eso digo que se ha perdido el sentido de la liberación femenina, si la mujer se pusiera liberal pero haciéndose respetar en sus puntos, pero no poh, la mujer ordinaria o de bajo nivel intelectual creyó que era estar igual que el hombre ‘oye huevón, vamos pa’cá, vamos con las cabras a tomarse una pilsen!’ ¿me entiendes?” (Vladimir, Adulto estrato popular)
Esta disposición hacia el cambio en las relaciones de género influye fuertemente entre los varones –especialmente los populares-, que aprendieron a partir del ejemplo de sus padres y sus abuelos que el hogar era un espacio incólume, cálido y acogedor, un refugio para las contingencias y la agresividad del mundo. El micromundo familiar constituye una reserva afectiva, un topos cuya protección otorga sentido al sacrificio cotidiano del varón en el ámbito público. Lo que esta sensibilidad demanda es la continuidad de un sentido claro de orden social, de un horizonte de expectativas reconocibles que permita organizar la existencia. En una cuasi renuncia al componente reflexivo de la modernidad, propone mantener en lo micro lo que ya no puede encontrar en lo macro: un mundo cerrado, integrado, acogedor. Es la nostalgia y el reclamo ante la pérdida de la comunidad ordenada, donde hombres y mujeres sabían como actuar y donde, al decir Ibáñez (1994), el hombre era guerrero y la mujer reposo del guerrero.
“<cuando llego a la casa me siento> tranquilo, es rico; te sentí bien, te olvidai de todos los problemas, estai con los cabros chicos, tu señora que te atiende, que está al ladito tuyo ¿me entendí?” (Perico, Adulto estrato popular)
REFLEXIONES FINALES

A partir del material comentado, podemos retomar algunas de las preguntas que originaron nuestro recorrido: ¿Cuál es la representación de lo masculino que opera como modelo de identidad genérica y sexual? ¿existen quiebres en el discurso dominante? ¿Existen diferencias según edad y nivel socioeconómico?

En relación al modelo de masculinidad y sus quiebres, afirmamos que en la representación de la masculinidad de los varones heterosexuales existe un modelo de relación entre los sexos al interior del cual conviven dos racionalidades: una tradicional, que enfatiza la noción de jerarquía y diferencia complementaria y otra moderna, adscrita a las nociones de igualdad, libertad y reflexividad. En efecto, existe un modelo hegemónico de masculinidad crecientemente socavado por los efectos del proceso de globalización y los nuevos valores y prácticas que trae consigo, especialmente el nuevo rol asumido por la mujer en el ámbito público. A lo largo de cada tema abordado, fue posible identificar los rasgos de un modelo de masculinidad tradicional que ordena el mundo a partir de la dicotomía público-privado y una división sexual del trabajo –y de los afectos, de los cuerpos, de los deseos, de las restricciones, en fin-, que redunda en un reparto desigual de los deberes y derechos entre hombres y mujeres. Sin embargo, junto a lo tradicional siempre estuvo la capacidad de construir una distancia, de producir una salida propia al modelo aún cuando ésta se alejara sólo a centímetros de la masculinidad hegemónica.

En particular, el surgimiento de nuevas formas no sexistas de construir la identidad genérica –la valoración de la paternidad y la expresión de los afectos, la demanda de satisfacción mutua en la sexualidad, la noción de personía, entre otras- construyen lentamente la base para definiciones menos deterministas sobre la condición masculina. Sin duda, la redefinición del espacio público y la presencia creciente de la mujer en él constituyen factores que dinamizan la cultura hacia un futuro replanteamiento de las bases androcéntricas del mundo. Junto a las transformaciones, existen varones que ensayan nuevos caminos para constituirse en sujetos, emprendiendo una verdadera reparación moral de aquellas zonas más oscuras y dolorosas del desempeño de lo que la masculinidad hegemónica ha definido como ‘todo un hombre’. En el camino, sacan las cuentas con el legado de sus padres y abuelos, y el de ellos inclusive. De conjunto, este movimiento presiona contra las bases del modelo y amplia los límites de la expresión de lo masculino procurando la integración de los contenidos perdidos que, hasta el momento, se siguen llamando ‘femeninos’.

No obstante, el proceso de secularización de la cultura –esto es, el progresivo desgaste de sus contenidos establecidos- tiene a los sujetos debatiéndose entre la libertad de emprender y la angustia de navegar sin destino ni brújula. Es la dialéctica entre ganancia y pérdida, la dualidad entre comunidad y sociedad entronizada en el corazón de la modernidad y que en nuestra sociedad ha sido expresada como ‘crisis moral’ o más precisamente, como fractura de los fundamentos de una representación moral colectiva. Hay varones que teniendo como telón los discursos sobre la crisis de la familia, propugnan una vuelta rotunda a los fundamentos de la comunidad, a un mundo cerrado que los contenga, con padres respetuosos y mujeres recatadas, con ritmos claros y límites definidos, con hombres de negro y mujeres de blanco. Se trata de varones que se duelen ante la pérdida de sentido, ante un mundo sin nombre. Su empeño de volver a los orígenes tiene menos que ver con un deseo de dominio que con una manera de atrincherarse para enfrentar los efectos disolventes de la modernidad. Queda pendiente saber cuál sería su reacción si existiesen propuestas de refundación cultural adscritas a parámetros no fundamentalistas.

Si la pregunta sobre las diferencias según edad y nivel socioeconómico alude a la capacidad de reconocer un modelo hegemónico de masculinidad, debe responderse negativamente, pues en términos generales no existen diferencias a la hora de recitar los fundamentos del sermón patriarcal. Más bien, las diferencias afloran a la hora de plantar las distancias frente al modelo: sugerentemente, fueron los jóvenes populares los que desarrollaron mejor el código del dominio. Lo anterior puede vincularse a la doble subordinación de los jóvenes populares: aquella condicionada por factores de clase y la referida a factores etáreos: en el primer caso, recogen modelos tradicionales de socialización con mayor frecuencia que sus pares de estrato medio, más frecuentemente expuestos a modelos ‘transicionales’ de masculinidad; en relación al factor generacional, se trata de sujetos que por encontrarse en plena consolidación de su identidad genérica, inician su recorrido por los discursos de la masculinidad tradicional repitiendo al pie de la letra los trazos gruesos del mandato. No obstante, aún los que desarrollan una clara retórica ‘machista’, marcan cierta distancia con el modelo, situándose más cerca del alarde que de la práctica efectiva del código machista. Más bien, los varones de este estrato presentan juicios matizados por idas y vueltas, dominios y sumisiones, de dichos bastante lejanos de los hechos.

A pesar que el conjunto de los sujetos reconoce los cambios en las relaciones de pareja, son los varones adultos de estrato medio quienes tienen el cambio en la piel, y se presentan a sí mismos como protagonistas o espectadores del cambio de actitud de sus mujeres. Hablan de antes y después, viven en medio de inconsistencias, renegando de sus legados paternos, tomando distancia de los patrones tradicionales, trabajando sobre sí mismos y volviendo, una ya otra vez, a tropezar con el lastre hegemónico. Son varones que reemprenden y escriben nuevas formas de asumir la interpelación de lo masculino. Son la antesala del varón reconciliado, esa bella imagen que nos propone Elisabeth Badinter.

Finalmente, ¿podemos esperar el cambio en las relaciones de género? Aquí se nos presenta una cuestión fundamental: entre los sujetos existe consenso frente a una imagen anquilosada de lo masculino, que deja de ser el factor de dinamismo social y cede su iniciativa a la mujer. Sin duda, la percepción de sentirse al margen de la historia es un fuerte inhibidor de la disposición al cambio. Queda en el aire la necesidad de espacios masculinos de reflexión. Toda vez que los sujetos intimaron y pudieron salir del lugar común hasta su propia vivencia, terminaron reflexionando en profundidad sobre las deudas del modelo. Este es un desafío para la intervención social. Sólo una mínima parte de los varones fueron capaces de distinguir el cambio en las relaciones de género como un espacio de ganancia. Ante sus ojos, pareciera que las mujeres ganan terreno a costa de restarles el propio, en una concepción del poder que recuerda un juego de suma cero donde el otro sólo obtiene lo que nos quita.
Un milenio termina ante nuestros ojos cansados. Tanto nos queda en el tintero, que no logramos siquiera vislumbrar la forma de las cosas que vendrán, las nuevas relaciones que, frenéticas, afloran por nuestros mundos. Tal vez algún ciudadano de algún nuevo país leerá estas notas y se estremecerá de ternura por una sociedad que organizaba buena parte de sus energías en torno a los significados que atribuía al sexo. Una civilización que tardó un poco en reconocer el derecho de las mujeres a poseer un alma y que concedió a regañadientes su derecho al voto. Un orden social que no tenía más que ofrecer a sus varones que un progresivo endurecimiento fundado sobre la negación de su sensibilidad. Por lo pronto, nos consuela la esperanza de su risa.

La Florida, finales de 1999



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